7 may 2009

Hora Santa 7.V.2009

Empezamos hace ocho días a preparar la Solemnidad del Espíritu Santo, la fiesta en la que vamos a recordar la venida de la tercera persona de la Santísima Trinidad; Aquel de quien Jesús dijo: os conviene que yo me vaya, pues si no me voy el Paráclito no vendrá a vosotros. En cambio, si yo me voy, os lo enviaré[1].

El Espíritu Santo es la presencia de Dios vivo en el alma de cada uno, una presencia que nos trae la paz e inflama de amor el corazón.

El Espíritu Santo tiene la misión de explicarnos, de llevarnos siempre a Jesús. Y Jesús –lo hemos dicho muchas veces a lo largo de nuestros jueves eucarísticos-es el príncipe de la paz, el único que nos trae paz al corazón[2].

El domingo de Pentecostés, antes de la lectura del Evangelio, vamos a escuchar la Secuencia. La Secuencia es una especie de poesía que desde muy pronto formó parte de la liturgia de la Iglesia[3].
Antes había una secuencia para cada una de las grandes fiestas del año litúrgico, con el paso de los años se han quedado solamente tres: una para Pascua, otra para la fiesta de Pentecostés y otra para la del Corpus Christi.

La de Pentecostés, comienza diciendo:

Ven, Dios Espíritu Santo,
y envíanos desde el Cielo
tu luz, para iluminarnos.



Todos somos conscientes como el ambiente de hoy trata de arrancarnos ese amor de Dios, y lo difícil que se vuelve nuestra existencia cuando decidimos –a veces concientemente a veces inconscientemente- echar a Dios fuera de nuestro corazón y entonces deja de ser el huésped del alma.

Ven ya, padre de los pobres,
luz que penetra en las almas,
dador de todos los dones.



Por eso debemos invocarlo con confianza, con sencillez, aun cuando nos encontremos llenos de pecados:

Fuente de todo consuelo,
amable huésped del alma,
paz en las horas de duelo.

Eres pausa en el trabajo;
brisa, en un clima de fuego;
consuelo, en medio del llanto.

Ven luz santificadora,
y entra hasta el fondo del alma
de todos los que te adoran.

Tenemos que dejar de ser hombres y mujeres dobles. El Espíritu Santo es espíritu de la verdad, si tenemos pecados ¡hay que reconocerlos, pedir perdón y seguir viviendo! Con toda sencillez y tranquilidad. No vivamos una doble vida: una con los demás y otra con nosotros mismos, puede ser que terminaremos rotos por dentro y por fuera y hundidos en una gran tristeza.

El Espíritu de Dios es inmensamente alegre, y alegres nos quiere a cada uno.


Si tenemos cierto tiempo sin acudir al sacramento de la Confesión, es momento de prepararnos, de hacer una buena confesión y limpiar hasta el fondo nuestra alma.

Si hay por ahí dentro algún rencor que no nos deja en paz y que nos llena de tristeza y amargura, es momento de arrancarlo y pedirle al Espíritu de Dios que sane nuestro corazón enfermo. Solo él puede hacerlo ¡y lo hace maravillosamente bien!

Si hace tiempo que no sentimos nada al venir a Misa, si no el rezar o el dirigirnos a Dios nos parece algo tedioso y sin sentido, incluso aburrido y chocante es momento de pedirle:

Sin tu inspiración divina
los hombres nada podemos
y el pecado nos domina.

Lava nuestras inmundicias,
fecunda nuestros desiertos
y cura nuestras heridas.

Doblega nuestra soberbia,
calienta nuestra frialdad,
endereza nuestras sendas.

Concede a aquellos que ponen
en ti su fe y su confianza
tus siete sagrados dones.

Danos virtudes y méritos,
danos una buena muerte
y contigo el gozo eterno


Si por la serie de acontecimientos que hemos vivido en la Iglesia hemos ido perdiendo la confianza en ella y en sus ministros, es momento de volver a ella con más confianza y con más ternura:

Bajo el amparo y la protección de la Santísima Virgen María, Esposa del Espíritu Santo, ponemos éstos deseos y las intenciones de cada uno de los que celebramos esta tarde la solemnidad de Pentecostés ■

[1] Cfr Jn 16, 7.
[2] Cfr Is 9, 6.
[3] En la liturgia católica, la Secuencia es un texto o tropo del Aleluya gregoriano o también el himno que se desarrolla a partir de ello. Las secuencias tienen la forma de composiciones estróficas, rimadas. Nacen alrededor del año 850 cuando se añade texto al melisma final del Aleluya. Hasta el s. XII se van desarrollando las secuencias rimadas independientes del Aleluya. Adquirieron una gran popularidad a finales de la Edad Media, de forma que se conocen unas 5000 diferentes, algunas de autores famosos como Tomás de Celano o Tomás de Aquino, autor, por ejemplo del Lauda Sion Salvatorem. Ante su gran profusión, el Concilio de Trento las eliminó de la liturgia de la Misa con cuatro excepciones, que son -con alguna excepción- las secuencias que siguen presentes en el Misal Romano:
Victimae paschali laudes (en Pascua)
Veni, Sancte Spiritus (en Pentecostés)
Lauda Sion Salvatorem (en la fiesta del Corpus)
Dies irae (en las misas de réquiem).
En 1727 se reincorpora el Stabat Mater en la fiesta de los Dolores de María. La última reforma litúrgica abolió el Dies irae, por su tono sombrío y angustioso. Algunas de estas secuencias, sobre todo el Dies irae y el Stabat Mater han tenido una importante recepción musical, inspirando a compositores famosos. Su lugar en la liturgia actual es tras el salmo responsorial y antes del Aleluya, dentro de la liturgia de la palabra. El tropo en tiempos carolingios pudo tener una gran importancia pues -según una teoría bastante aceptada- a partir de él se desarrolla el teatro medieval o drama litúrgico (estrictamente no son parte de la liturgia, pero sí están recogidos en libros litúrgicos).