Poco a poco van pasando los alegres días del tiempo pascual, siete semanas –cincuenta días, es decir una semana de semanas- para prepararnos para solemne fiesta de Pentecostés: la venida del Espíritu Santo .En la noche del jueves Santo –que san Juan recoge en el capitulo 13 de su evangelio- el Señor habla de algo sobre lo que hemos de volver una y otra vez. Algo sobre lo que nunca meditaremos lo suficiente. Les da, a aquellos que lo escuchan y en ellos a nosotros, el Mandamiento nuevo:
Hijitos –dice el Señor- estaré con vosotros un poco más de tiempo. Me buscaréis, y como dije a los judíos, ahora también os digo a vosotros: adonde yo voy, vosotros no podéis ir. Un mandamiento nuevo os doy: que os améis los unos a los otros; que como yo os he amado, así también os améis los unos a los otros[1].
Quizá esas palabras de Jesús al haberlas escuchado tantas veces ya no tienen tanta fuerza en nuestros oídos o en nuestro corazón, quizá nos parecen incluso aburridas o tediosas. En la predicación de la Iglesia se nos insiste tanto en eso del amor de los unos por los otros que la idea posiblemente pasa ya sobre nuestra alma como pasa el agua sobre las piedras de los río: sin empapar su interior.
Es momento de renovar la atención, de volver a oírlos como si fuera la primera vez.
Cada uno podemos pensar: «bueno, bueno, ya bastante hago con no quejarme y aguantar, como para que encime ame a todos». Y es que justamente por eso Jesús habla de un mandamiento nuevo: porque hay que querer a todos, y comprender a todos y con todos tener una palabra de cariño. Es una auténtica novedad.
¿Y cómo hacer práctico, tangible ese amor de los unos por los otros? Hay tantas formas como personas sobre la tierra. Una manera práctica, efectiva y concreta de amar es, por ejemplo, escuchar con paciencia y con atención.
Así: tal cual: escuchar con paciencia y con atención.
Reconozcámoslo: no escuchamos. No sabemos escuchar. O, para ser exactos, no escuchamos más que la televisión. ¿Tal vez porque nadie nos ha enseñado a escuchar? ¿Quizá por que el arte de oír es mucho más difícil que el de hablar?
Zenón de Elea, un sabio griego, decía hace dos mil años que tenemos dos oídos y una boca porque oír es el doble de necesario y dos veces más difícil que hablar... ¡qué razón tenía![2]
[Y es que] para escuchar hacen falta muchas cosas: tener el alma despierta –no dormida, ni aletargada por el pecado-, abrirla para recibir al que, a través de sus palabras, quiere entrar en nosotros; ponernos en su situación y comprenderlo.
Y sobre todo olvidarnos de nosotros mismos y de nuestros propios pensamientos para preocuparnos por la persona y los pensamientos del prójimo ¡todo un arte! ¡Todo un apasionado ejercicio de la caridad! Y una forma muy práctica de amar a los demás.
Perdamos ese terrible miedo que tenemos a gastar nuestra vida, nuestro tiempo, nuestro espacio escuchando a los demás. Quizá por eso –porque somos egoístas y el egoísmo es el cáncer del amor- hay tantas personas solitarias que andan por ahí, vagando, con el alma llena de recuerdos o basuras que desearían soltar y que no saben dónde.
Escuchemos.
Justo por ése saber escucharnos pacientemente los unos a los otros, sabremos reconocernos como auténticos cristianos, sabremos que estamos actuando conforme al evangelio. Es una especie de prueba de fuego, de prueba de calidad, de ISO 9000 de nuestra fe cristiana[3].
Una señal de que hemos hecho vida en nuestra vida el Mandamiento nuevo que Jesús nos dejó la última noche que pasó entre nosotros.
Vamos a seguir preparándonos para celebrar la enorme fiesta de Pentecostés. Vamos a prepararnos por dentro y por fuera. Vamos a pedirle a nuestro Señor que nos ayude a recibir su Espíritu, y con Él, con la vida de la gracia y la protección del Padre, demos un gran testimonio de la fe que vivimos ■
[1] Jn 13, 33-34.
[2] Zenón de Elea (en griego Ζήνων ο Ελεάτης) fue un filósofo eleata griego nacido en Elea (¿490-430? adC). Al igual que Meliso de Samos, reforzó y argumentó a favor de la filosofía parmenidea, es conocido por sus paradojas, que en su época eran aporéticas, como las que niegan la existencia del movimiento o la pluralidad del ser. Zenón trató de probar que el ser tiene que ser homogéneo, único y, en consecuencia, que el espacio no está formado por elementos discontinuos sino que el cosmos o universo entero es una única unidad.
[3] La familia de normas ISO 9000 son normas de "calidad" y "gestión continua de calidad", establecidas por la Organización Internacional para la Estandarización (ISO) que se pueden aplicar en cualquier tipo de organización o actividad sistemática, que esté orientada a la producción de bienes o servicios. Se componen de estándares y guías relacionados con sistemas de gestión y de herramientas específicas como los métodos de auditoria (el proceso de verificar que los sistemas de gestión cumplen con el estándar).
