¡Con Vuestra Licencia, Soberano Señor Sacramentado! Antiguamente se celebraba el día de hoy [jueves de la VI semana del tiempo Pascual la solemnidad de la Ascensión [es decir] el momento en el que el Señor se despide de sus apóstoles y se va al cielo. San Marcos lo relata así en su Evangelio: Finalmente se apareció a los once, estando sentados a la mesa, y les reprochó su incredulidad y dureza de corazón, que no hubiesen creído a los que le habían visto resucitado. Y les dijo: Id por todo el mundo; y predicad el Evangelio a toda criatura. El que crea y se bautice, se salvará; el que no crea, se condenará. Estas señales seguirán a los que crean: en mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas; quitarán serpientes; y si bebieren algún veneno, no les dañará; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán. Y el Señor, después que les habló, fue recibido arriba al cielo, y se sentó a la diestra de Dios. Y ellos, saliendo, predicaron en todas partes, obrando con ellos el Señor, y confirmando la Palabra con las señales que se seguían. Si no queremos que la Ascensión se parezca más a un melancólico «adiós» que a una verdadera fiesta, es necesario comprender la diferencia radical que existe entre una desaparición y una partida.
Con la Ascensión, Jesús no partió, no se ha «ausentado»; sólo ha desaparecido de la vista. Quien parte ya no está; quien desaparece puede estar aún allí, a dos pasos, sólo que algo impide verle.
En el momento de la ascensión Jesús desaparece, sí, de la vista de los apóstoles, pero para estar presente de otro modo, más íntimo, no fuera, sino dentro de ellos. Sucede como en la Eucaristía; mientras la hostia está fuera de nosotros la vemos, la adoramos; cuando la recibimos ya no la vemos, ha desaparecido, pero para estar ya dentro de nosotros. Se ha inaugurado una presencia nueva y más fuerte.
Naturalmente surge una objeción: si Jesús ya no está visible, ¿cómo harán los hombres para saber de su presencia? La respuesta es más o menos sencilla: ¡Él quiere hacerse visible a través de sus discípulos!
Tanto en el Evangelio como en los Hechos de los Apóstoles, el evangelista Lucas asocia estrechamente la Ascensión al tema del testimonio: «Vosotros sois testigos de estas cosas»[1]. Ese «vosotros» señala en primer lugar a los apóstoles que han estado con Jesús. Después de los apóstoles, este testimonio por así decir «oficial», esto es, ligado al oficio, pasa a sus sucesores, los obispos y los sacerdotes. Pero aquel «vosotros» se refiere también a todos los bautizados y los creyentes en Cristo. «Cada seglar –dice un documento del Concilio- debe ser ante el mundo testigo de la resurrección y de la vida del Señor Jesús, y señal del Dios vivo»[2].
Se ha hecho célebre la afirmación de Pablo VI: «El mundo tiene necesidad de testigos más que de maestros». Es relativamente fácil ser maestro, bastante menos ser testigo. De hecho, el mundo bulle de maestros, verdaderos o falsos, pero escasea de testigos. Entre los dos papeles existe la misma diferencia que, según el proverbio, entre el dicho y el hecho...
El testigo es quien habla con la vida.
Y para ser testigos, nos hace falta la fuerza, el fuego, el poder del Espíritu Santo.
Eso es lo que estamos pidiendo a lo largo de estos días.
Eso es lo que estamos esperando que suceda en la fiesta de Pentecostés.
Antes en el mismo Evangelio –y en esto hemos estado meditando a lo largo de los últimos jueves- el Señor mismo había prometido que al marcharse enviaría su Espíritu.
Hace ocho días delante de nuestro Señor sacramentado pedíamos los dones del Espíritu - sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios- HOY, delante del Señor nos acercamos un poco más y oímos lo que nos dice la teología: la cercanía y amistad con el Espíritu Santo infunde en el alma una serie de hábitos que se conocen como frutos del Espíritu y que vienen enumerados en la Epístola a los Galatas: [los frutos del Espíritu son] caridad, bondad, gozo, paz, tolerancia, bondad, fe, mansedumbre, templanza[3].
La caridad. Buscar el bien de los demás. No tiene condiciones. No espera nada a cambio.
La bondad, es decir, vivir sinceramente con integridad, ser honesto, y hacer lo bueno, aunque cueste.
El gozo, estar contento o conforme con el cuidado y la bondad de Dios y las cosas que van pasando de acuerdo al deseo de Dios y de la libertad y actuar personal.
La tolerancia. El saber convivir con todos.
La paz. Un estado de orden, tranquilidad y bienestar, impartido por el Espíritu, aun en medio del conflicto.
La mansedumbre. Ser dócil y responsivo a la voz del Señor; a la autoridad y el Magisterio de la Iglesia. Respetuoso y cortes hacia la gente en general.
La templanza, es decir, dominio propio, la capacidad de frenar los instintos, apetitos e impulsos para poder servir al Señor con sobriedad y disciplina. No se trata de reprimir, sino de encauzar ■
Ven, oh Espíritu Santo, atiéndenos,
Espíritu del Padre, vivifícanos,
Espíritu del Hijo, sálvanos.
Oh Amor eterno, llénanos,
Con tu fuego, inflámanos,
Con tu luz, ilumínanos.
Fuente viva, sácianos,
De nuestros pecados, lávanos.
Por tu unción, fortalécenos.
Por tu consuelo, confórtanos.
Por tu gracia, guíanos.
Por tus ángeles, protégenos.
No permitas jamás que nos separemos de Ti,
Dios Espíritu Santo, escúchanos.
Con el dedo de tu gracia, tócanos.
Vierte en nosotros el torrente de la virtud.
Fortalécenos con tus dones,
Y con tus frutos, refrigéranos.
Líbranos del maligno enemigo,
En la última batalla, úngenos,
A la hora de la muerte, defiéndenos.
Entonces llámanos hacia Ti,
Para que con todos los santos
Alabemos al Padre, al Hijo y a Ti,
Consolador piadoso y eterno. Amén
Con la Ascensión, Jesús no partió, no se ha «ausentado»; sólo ha desaparecido de la vista. Quien parte ya no está; quien desaparece puede estar aún allí, a dos pasos, sólo que algo impide verle.
En el momento de la ascensión Jesús desaparece, sí, de la vista de los apóstoles, pero para estar presente de otro modo, más íntimo, no fuera, sino dentro de ellos. Sucede como en la Eucaristía; mientras la hostia está fuera de nosotros la vemos, la adoramos; cuando la recibimos ya no la vemos, ha desaparecido, pero para estar ya dentro de nosotros. Se ha inaugurado una presencia nueva y más fuerte.
Naturalmente surge una objeción: si Jesús ya no está visible, ¿cómo harán los hombres para saber de su presencia? La respuesta es más o menos sencilla: ¡Él quiere hacerse visible a través de sus discípulos!
Tanto en el Evangelio como en los Hechos de los Apóstoles, el evangelista Lucas asocia estrechamente la Ascensión al tema del testimonio: «Vosotros sois testigos de estas cosas»[1]. Ese «vosotros» señala en primer lugar a los apóstoles que han estado con Jesús. Después de los apóstoles, este testimonio por así decir «oficial», esto es, ligado al oficio, pasa a sus sucesores, los obispos y los sacerdotes. Pero aquel «vosotros» se refiere también a todos los bautizados y los creyentes en Cristo. «Cada seglar –dice un documento del Concilio- debe ser ante el mundo testigo de la resurrección y de la vida del Señor Jesús, y señal del Dios vivo»[2].
Se ha hecho célebre la afirmación de Pablo VI: «El mundo tiene necesidad de testigos más que de maestros». Es relativamente fácil ser maestro, bastante menos ser testigo. De hecho, el mundo bulle de maestros, verdaderos o falsos, pero escasea de testigos. Entre los dos papeles existe la misma diferencia que, según el proverbio, entre el dicho y el hecho...
El testigo es quien habla con la vida.
Y para ser testigos, nos hace falta la fuerza, el fuego, el poder del Espíritu Santo.
Eso es lo que estamos pidiendo a lo largo de estos días.
Eso es lo que estamos esperando que suceda en la fiesta de Pentecostés.
Antes en el mismo Evangelio –y en esto hemos estado meditando a lo largo de los últimos jueves- el Señor mismo había prometido que al marcharse enviaría su Espíritu.
Hace ocho días delante de nuestro Señor sacramentado pedíamos los dones del Espíritu - sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios- HOY, delante del Señor nos acercamos un poco más y oímos lo que nos dice la teología: la cercanía y amistad con el Espíritu Santo infunde en el alma una serie de hábitos que se conocen como frutos del Espíritu y que vienen enumerados en la Epístola a los Galatas: [los frutos del Espíritu son] caridad, bondad, gozo, paz, tolerancia, bondad, fe, mansedumbre, templanza[3].
La caridad. Buscar el bien de los demás. No tiene condiciones. No espera nada a cambio.
La bondad, es decir, vivir sinceramente con integridad, ser honesto, y hacer lo bueno, aunque cueste.
El gozo, estar contento o conforme con el cuidado y la bondad de Dios y las cosas que van pasando de acuerdo al deseo de Dios y de la libertad y actuar personal.
La tolerancia. El saber convivir con todos.
La paz. Un estado de orden, tranquilidad y bienestar, impartido por el Espíritu, aun en medio del conflicto.
La mansedumbre. Ser dócil y responsivo a la voz del Señor; a la autoridad y el Magisterio de la Iglesia. Respetuoso y cortes hacia la gente en general.
La templanza, es decir, dominio propio, la capacidad de frenar los instintos, apetitos e impulsos para poder servir al Señor con sobriedad y disciplina. No se trata de reprimir, sino de encauzar ■
Ven, oh Espíritu Santo, atiéndenos,
Espíritu del Padre, vivifícanos,
Espíritu del Hijo, sálvanos.
Oh Amor eterno, llénanos,
Con tu fuego, inflámanos,
Con tu luz, ilumínanos.
Fuente viva, sácianos,
De nuestros pecados, lávanos.
Por tu unción, fortalécenos.
Por tu consuelo, confórtanos.
Por tu gracia, guíanos.
Por tus ángeles, protégenos.
No permitas jamás que nos separemos de Ti,
Dios Espíritu Santo, escúchanos.
Con el dedo de tu gracia, tócanos.
Vierte en nosotros el torrente de la virtud.
Fortalécenos con tus dones,
Y con tus frutos, refrigéranos.
Líbranos del maligno enemigo,
En la última batalla, úngenos,
A la hora de la muerte, defiéndenos.
Entonces llámanos hacia Ti,
Para que con todos los santos
Alabemos al Padre, al Hijo y a Ti,
Consolador piadoso y eterno. Amén
