28 may 2009

¿Babel o Pentecostés?

Una especie de resumen o sumario de lo que sucede en Pentecostés nos lo cuenta el libro de los Hechos de los Apóstoles: «Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse»[1].

¿Qué quiere decir eso de quedaron llenos del Espíritu Santo; y qué experimentaron en aquel momento los apóstoles y la Santísima Virgen?

[Significa, entre otras cosas] que tuvieron una experiencia arrolladora del amor de Dios, se sintieron inundados de amor, como por un océano.

San Pablo lo repite cuando dice que «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado»[2].

Todos los que hemos tenido en algún momento de nuestra vida una experiencia fuerte del Espíritu Santo sabemos de lo que estoy hablando.

El primer efecto que el Espíritu Santo produce cuando llega a una persona es hacer que se sienta amada por Dios por un amor tiernísimo, infinito[3].

[Por otra parte] El fenómeno de las lenguas es la señal de que algo nuevo ha ocurrido en el mundo. Lo sorprendente es que este hablar en «lenguas nuevas y diversas», en vez de generar confusión, crea un admirable entendimiento y unidad.

Con el relato de Pentecostés la Sagrada Escritura ha querido mostrar el contraste entre Babel y Pentecostés.

En Babel todos hablaban la misma lengua y en cierto momento nadie entiende ya al otro: nace la confusión de las lenguas. En Pentecostés cada uno habla una lengua distinta y todos se entienden.

¿Cómo es esto? Para comprenderlo mejor basta con observar de qué hablan los constructores de Babel y de qué hablan los apóstoles en Pentecostés.

Los primeros se dicen entre sí: «Vamos a edificarnos una ciudad y una torre con la cúspide en el cielo, y hagámonos famosos, para no desperdigarnos por toda la faz de la tierra»[4].
Estos hombres están animados por una voluntad de poder, quieren «hacerse famosos», buscan su gloria.

En Pentecostés en cambio los apóstoles hablan de otra cosa, hablan de «las grandes obras de Dios». No piensan en hacerse un nombre, sino en hacérselo a Dios; no buscan su afirmación personal, sino la de Dios. Por ello todos les comprenden. Dios ha vuelto a estar en el centro; la voluntad de poder se ha sustituido con la voluntad de servicio, la ley del egoísmo con la del amor.

San Agustín lo dice de otra forma, pero igual de profunda e igual de hermosa: «Dos amores fundaron dos ciudades: el amor propio hasta el desprecio de Dios –la ciudad la terrena-, y el amor de Dios hasta el desprecio de sí propio –la ciudad la celestial[5].

En todo esto hay un mensaje de vital importancia para el mundo de hoy: vivimos en la era de los maravillosos medios de comunicación, que son los grandes protagonistas del momento.

Todo esto marca un progreso grandioso, pero implica también un riesgo. ¿Qué comunicación estamos construyendo? Es decir ¿Vivimos solamente una comunicación horizontal, superficial, frecuentemente manipulada y banal?

Quizá nuestra comunicación de hoy es más bien intercambio de pobreza, de ansias, de inseguridades y de gritos de ayuda desatendidos. Hablar entre sordos, en otras palabras.

Cuanto más crece la comunicación, más se experimenta la incomunicación.

Justo la película Babel se explica magistralmente éste teme, porque se muestra un mundo de personas, en general buena gente, con un problema común: la incomunicación y los efectos de ella[6].

Estamos aquí, delante de Jesucristo Sacramentado para pedirle que nos ayude a redescubrir el sentido del Pentecostés, que será lo único que puede salvar nuestra sociedad moderna de precipitarse cada vez más en un Babel de lenguas.

El Espíritu Santo introduce en la comunicación humana la forma y la ley de la comunicación divina, que es la piedad y el amor.

¿Por qué Dios se comunica con los hombres, se entretiene y habla con ellos, a lo largo de toda la historia de la salvación? Sólo por amor, porque el bien es por su naturaleza «comunicativo».

Y en la medida en que es acogido, el Espíritu Santo sana las aguas contaminadas de la comunicación humana, hace de ella un instrumento de enriquecimiento, de posibilidad de compartir y de solidaridad.

Cada iniciativa –civil o religiosa, privada o pública- cada relación entre los seres humanos –profesional, de amistad, de amor, etc.- se encuentra ante una elección: puede ser Babel o Pentecostés: es Babel si está dictada por egoísmo y voluntad de atropello; es Pentecostés si está dictada por amor y respeto de la libertad de los demás ■
...
[1] Hech 2, 1-11
[2] Rm 5, 5
[3] Cfr ¿ Pentecostés o Babel?, P. Raniero Cantalamessa, ofmcap; http://www.cantalamessa.org/
[4] Gn 11, 4
[5] San Agustín: La ciudad de Dios, en Clemente Fernández, obra cit págs. 478-479
[6] Babel es el nombre de una película del director Alejandro González Iñárritu, con guión de él mismo y del escritor Guillermo Arriaga y protagonizada por Gael García Bernal, Brad Pitt, Cate Blanchett, Adriana Barraza y Koji Yakusho. La película se estrenó en Cannes en junio de 2006 y completa la Trilogía de la muerte de González Iñárritu, iniciada con Amores perros y continuada con 21 Gramos. Babel ganó el Globo de oro a la mejor película de drama en el año 2007 y fue candidata a seis premios Óscar, entre ellos mejor película y mejor director, aunque finalmente sólo consiguió el premio en la categoría de mejor banda sonora.

21 may 2009

¿Y dejas, Pastor santo,
tu grey en este valle hondo, escuro,
con soledad y llanto;
y tú, rompiendo el puro
aire, ¿te vas al inmortal seguro?

Los antes bienhadados,
y los agora tristes y afligidos,
a tus pechos criados,
de ti desposeídos,
¿a dó convertirán ya sus sentidos?

¿Qué mirarán los ojos
que vieron de tu rostro la hermosura,
que no les sea enojos?
Quien oyó tu dulzura,
¿qué no tendrá por sordo y desventura?

Aqueste mar turbado,
¿quién le pondrá ya freno? ¿Quién concierto
al viento fiero, airado?
Estando tú encubierto,
¿qué norte guiará la nave al puerto?

¡Ay!, nube, envidiosa
aun deste breve gozo, ¿qué te aquejas?
¿Dó vuelas presurosa?
¡Cuán rica tú te alejas!
¡Cuán pobres y cuán ciegos, ay, nos dejas!
Fray Luis de León

Hora Santa 21.V.2009

¡Con Vuestra Licencia, Soberano Señor Sacramentado! Antiguamente se celebraba el día de hoy [jueves de la VI semana del tiempo Pascual la solemnidad de la Ascensión [es decir] el momento en el que el Señor se despide de sus apóstoles y se va al cielo. San Marcos lo relata así en su Evangelio: Finalmente se apareció a los once, estando sentados a la mesa, y les reprochó su incredulidad y dureza de corazón, que no hubiesen creído a los que le habían visto resucitado. Y les dijo: Id por todo el mundo; y predicad el Evangelio a toda criatura. El que crea y se bautice, se salvará; el que no crea, se condenará. Estas señales seguirán a los que crean: en mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas; quitarán serpientes; y si bebieren algún veneno, no les dañará; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán. Y el Señor, después que les habló, fue recibido arriba al cielo, y se sentó a la diestra de Dios. Y ellos, saliendo, predicaron en todas partes, obrando con ellos el Señor, y confirmando la Palabra con las señales que se seguían.
Si no queremos que la Ascensión se parezca más a un melancólico «adiós» que a una verdadera fiesta, es necesario comprender la diferencia radical que existe entre una desaparición y una partida.

Con la Ascensión, Jesús no partió, no se ha «ausentado»; sólo ha desaparecido de la vista. Quien parte ya no está; quien desaparece puede estar aún allí, a dos pasos, sólo que algo impide verle.

En el momento de la ascensión Jesús desaparece, sí, de la vista de los apóstoles, pero para estar presente de otro modo, más íntimo, no fuera, sino dentro de ellos. Sucede como en la Eucaristía; mientras la hostia está fuera de nosotros la vemos, la adoramos; cuando la recibimos ya no la vemos, ha desaparecido, pero para estar ya dentro de nosotros. Se ha inaugurado una presencia nueva y más fuerte.

Naturalmente surge una objeción: si Jesús ya no está visible, ¿cómo harán los hombres para saber de su presencia? La respuesta es más o menos sencilla: ¡Él quiere hacerse visible a través de sus discípulos!

Tanto en el Evangelio como en los Hechos de los Apóstoles, el evangelista Lucas asocia estrechamente la Ascensión al tema del testimonio: «Vosotros sois testigos de estas cosas»[1]. Ese «vosotros» señala en primer lugar a los apóstoles que han estado con Jesús. Después de los apóstoles, este testimonio por así decir «oficial», esto es, ligado al oficio, pasa a sus sucesores, los obispos y los sacerdotes. Pero aquel «vosotros» se refiere también a todos los bautizados y los creyentes en Cristo. «Cada seglar –dice un documento del Concilio- debe ser ante el mundo testigo de la resurrección y de la vida del Señor Jesús, y señal del Dios vivo»[2].

Se ha hecho célebre la afirmación de Pablo VI: «El mundo tiene necesidad de testigos más que de maestros». Es relativamente fácil ser maestro, bastante menos ser testigo. De hecho, el mundo bulle de maestros, verdaderos o falsos, pero escasea de testigos. Entre los dos papeles existe la misma diferencia que, según el proverbio, entre el dicho y el hecho...

El testigo es quien habla con la vida.

Y para ser testigos, nos hace falta la fuerza, el fuego, el poder del Espíritu Santo.

Eso es lo que estamos pidiendo a lo largo de estos días.

Eso es lo que estamos esperando que suceda en la fiesta de Pentecostés.
Antes en el mismo Evangelio –y en esto hemos estado meditando a lo largo de los últimos jueves- el Señor mismo había prometido que al marcharse enviaría su Espíritu.

Hace ocho días delante de nuestro Señor sacramentado pedíamos los dones del Espíritu - sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios- HOY, delante del Señor nos acercamos un poco más y oímos lo que nos dice la teología: la cercanía y amistad con el Espíritu Santo infunde en el alma una serie de hábitos que se conocen como frutos del Espíritu y que vienen enumerados en la Epístola a los Galatas: [los frutos del Espíritu son] caridad, bondad, gozo, paz, tolerancia, bondad, fe, mansedumbre, templanza[3].

La caridad. Buscar el bien de los demás. No tiene condiciones. No espera nada a cambio.

La bondad, es decir, vivir sinceramente con integridad, ser honesto, y hacer lo bueno, aunque cueste.

El gozo, estar contento o conforme con el cuidado y la bondad de Dios y las cosas que van pasando de acuerdo al deseo de Dios y de la libertad y actuar personal.

La tolerancia. El saber convivir con todos.

La paz. Un estado de orden, tranquilidad y bienestar, impartido por el Espíritu, aun en medio del conflicto.

La mansedumbre. Ser dócil y responsivo a la voz del Señor; a la autoridad y el Magisterio de la Iglesia. Respetuoso y cortes hacia la gente en general.

La templanza, es decir, dominio propio, la capacidad de frenar los instintos, apetitos e impulsos para poder servir al Señor con sobriedad y disciplina. No se trata de reprimir, sino de encauzar ■

Ven, oh Espíritu Santo, atiéndenos,
Espíritu del Padre, vivifícanos,
Espíritu del Hijo, sálvanos.

Oh Amor eterno, llénanos,
Con tu fuego, inflámanos,
Con tu luz, ilumínanos.

Fuente viva, sácianos,
De nuestros pecados, lávanos.
Por tu unción, fortalécenos.

Por tu consuelo, confórtanos.
Por tu gracia, guíanos.
Por tus ángeles, protégenos.
No permitas jamás que nos separemos de Ti,
Dios Espíritu Santo, escúchanos.

Con el dedo de tu gracia, tócanos.
Vierte en nosotros el torrente de la virtud.
Fortalécenos con tus dones,
Y con tus frutos, refrigéranos.

Líbranos del maligno enemigo,
En la última batalla, úngenos,
A la hora de la muerte, defiéndenos.

Entonces llámanos hacia Ti,
Para que con todos los santos
Alabemos al Padre, al Hijo y a Ti,
Consolador piadoso y eterno. Amén


[1] Lc 24, 48
[2] Lumen gentium n. 38.
[3] 5:22-23

14 may 2009

Hora Santa 14.V.2009

¡Con Vuestra licencia Soberano Señor Sacramentado!

Los siete dones del Espíritu Santo han sido explicados por los teólogos de de varias maneras. Según la opinión de Santo Tomás[1] los dones del Espíritu Santo son hábitos que capacitan al hombre para seguir, rápida y fácilmente, las iluminaciones e inspiraciones divinas.

Los dones del Espíritu Santo ¿cómo decirlo? Pues rompen o quebrantan la resistencia que a veces ponemos a la acción de Dios en nuestra alma, resistencia causada por el orgullo y por la herida que nos causó el pecado de nuestros primeros padres, el pecado original.

Los dones del espíritu Santo ayudan a estar en sintonía con Dios, a tener pronto el corazón, y así la acción de Dios deja de ser sentida como algo extraño ó peligroso y empieza a sentirse como algo dichoso e íntimo, algo que la voluntad humana acepta con gusto y alegría.

Estos siete dones del Espíritu conceden una sensibilidad especial para las cosas de Dios, un oído atento para escuchar la voz de Dios y la mano divina que quiere llevarnos por el camino de la santidad y hacer que nos parezcamos por dentro y por fuera al Señor.

Los dones del Espíritu, nos ayudan a cumplir sin resistencia la acción divina.

(1) El don de inteligencia nos ayuda a acercarnos a las profundidades de Dios, a comprender las cosas desde el punto de vista de Dios. Por medio de él, el hombre llega a comprender mucho más la Palabra de Dios contenida en la Sagrada Escritura, en las enseñanzas del magisterio eclesiástico, y en la Tradición de la Iglesia. Y también para comprender cuando Dios habla a través de frases oídas en nuestra existencia cotidiana: por la calle, por la radio, por la televisión...

También el don de inteligencia nos ayuda a entender las figuras y símbolos de la liturgia, ayudándonos a tener una conversación con Dios hasta el día en que lo veamos "cara a cara"[2].

(2) El don de ciencia nos ayuda a que poco a poco tengamos la mirada de Dios

El don de ciencia es la fuerza por la que nos sentimos atraídos hacia el bien y por la que sentimos rechazo hacia el mal; es el don que nos dirige hacia lo bueno y nos aparta de lo malo; nos enseña cómo aprovechar lo creado para lo bueno y cómo no abusar de la creación para lo malo. Es claridad en la inteligencia.

(3) El don de sabiduría nos ayuda a comprender los misterios de nuestra fe cristiana y a que las verdades que conocemos por fe hallan su sitio y se conexionan armoniosamente.

Es la sabiduría que Dios revela a los pequeños[3], una sabiduría amorosa, que va más allá de la ciencia. Mediante el don de sabiduría el hombre se va conformando con Dios en el ser, el conocimiento, el amor, la acción, el gozo, etc.

(4) El don de consejo dirige nuestros actos conforme al plan con que Dios gobierna el mundo. Nos permite entrar a formar parte de los designios de la Providencia con todo el impulso de nuestro amor y con toda libertad.

Siendo fieles a las inspiraciones del Espíritu de consejo, nos identificamos en cada uno de nuestros actos con la voluntad de Dios. El don de consejo son aquellas palabras tan entrañables del salmo: Yo te haré saber y te enseñaré el camino que debes seguir; seré tu consejero, y estarán mis ojos sobre ti[4].

(5) El don de piedad, es el que nos ayuda a vivir una relación viva con Dios y con el prójimo, que nos ayuda a salir de nuestro egoísmo y a imprimir a todas nuestras relaciones ese sentido filial y fraterno

En una religión fundada por un Crucificado y que comenzó a implantarse a través de tres siglos de persecuciones y martirios, (6) el don de fortaleza juega un papel esencial. En todo cristiano debe darse un alma de apóstol y de mártir. En nuestra conducta diaria –seamos honestos- nos falta audacia y la magnanimidad para los grandes acontecimientos, para los grandes proyectos.

El don de fortaleza nos ayuda en el heroísmo de lo pequeño y el de lo grande. El heroísmo de lo pequeño despliega su fuerza en la fidelidad absoluta a las más humildes tareas cotidianas, a los más minúsculos deberes. El heroísmo de lo pequeño lleva al heroísmo de lo grande, que resplandece en los grandes acontecimientos de los que ponen su vida al servicio de Dios.

Finalmente (7) el don de temor comunica al hombre la convicción de que Dios es infinitamente grande, le comunica el sentido de lo sagrado y señala además la dependencia de toda criatura respecto al Creador.

El don de temor no es miedo -o incluso terror- sino un temor a enturbiar las relaciones entre padre e hijo. Es un sentimiento que nos inspira aversión al pecado y nos impulsa a alejarnos de él ■

Ven, Espíritu Creador, visita las almas de los fieles; e inunda con tu gracia los corazones que Tú creaste.

Espíritu de Sabiduría, que conoces mis pensamientos más secretos, y mis deseos más íntimos, buenos y malos; ilumíname y hazme conocer lo bueno para obrarlo, y lo malo para detestarlo sinceramente.

Intensifica mi vida interior, por el don de Entendimiento.

Aconséjame en mis dudas y vacilaciones, por el don de Consejo.

Dame la energía necesaria en la lucha contra mis pasiones, por el don de Fortaleza.

Envuelve todo mi proceder en un ambiente sobrenatural, por el don de Ciencia.

Haz que me sienta hijo tuyo en todas las vicisitudes de la vida, y acuda a Ti, cual niño con afecto filial, por el don de Piedad.

Concédeme que Te venere y Te ame cual lo mereces; que ande con cautela en el sendero del bien, guiado por el don del santo Temor de Dios; que tema el pecado más que ningún otro mal; que prefiera perderlo todo antes que tu gracia; y que llegue un día a aquella feliz morada, donde Tú serás nuestra Luz y Consuelo, y, cual tierna madre; enjugas “toda lágrima de nuestros ojos”, donde no hay llanto ni dolor alguno, sino eterna felicidad. Así sea ■

[1] Santo Tomás de Aquino O.P. (1225 –1274), fue un reconocido teólogo y Doctor de la Iglesia Católica que vivió en la edad media. Máximo representante de la tradición escolástica, y padre de la Escuela Tomista de filosofía. Es conocido también como Doctor Angélico y Doctor Común. Su trabajo más conocido es la Summa Theologica, tratado en el cual postula Cinco Vías para demostrar la existencia de Dios. Canonizado en 1323, fue declarado Doctor de la Iglesia en 1567 y Patrón de las Universidades y Centros de estudio católicos en 1880. Su festividad se celebra el 28 de enero.
[2] Cfr. Misal Romano, Plegaria Eucarística III.
[3] Cfr Mt 11. 25
[4] Sal.32,2.

7 may 2009

Hora Santa 7.V.2009

Empezamos hace ocho días a preparar la Solemnidad del Espíritu Santo, la fiesta en la que vamos a recordar la venida de la tercera persona de la Santísima Trinidad; Aquel de quien Jesús dijo: os conviene que yo me vaya, pues si no me voy el Paráclito no vendrá a vosotros. En cambio, si yo me voy, os lo enviaré[1].

El Espíritu Santo es la presencia de Dios vivo en el alma de cada uno, una presencia que nos trae la paz e inflama de amor el corazón.

El Espíritu Santo tiene la misión de explicarnos, de llevarnos siempre a Jesús. Y Jesús –lo hemos dicho muchas veces a lo largo de nuestros jueves eucarísticos-es el príncipe de la paz, el único que nos trae paz al corazón[2].

El domingo de Pentecostés, antes de la lectura del Evangelio, vamos a escuchar la Secuencia. La Secuencia es una especie de poesía que desde muy pronto formó parte de la liturgia de la Iglesia[3].
Antes había una secuencia para cada una de las grandes fiestas del año litúrgico, con el paso de los años se han quedado solamente tres: una para Pascua, otra para la fiesta de Pentecostés y otra para la del Corpus Christi.

La de Pentecostés, comienza diciendo:

Ven, Dios Espíritu Santo,
y envíanos desde el Cielo
tu luz, para iluminarnos.



Todos somos conscientes como el ambiente de hoy trata de arrancarnos ese amor de Dios, y lo difícil que se vuelve nuestra existencia cuando decidimos –a veces concientemente a veces inconscientemente- echar a Dios fuera de nuestro corazón y entonces deja de ser el huésped del alma.

Ven ya, padre de los pobres,
luz que penetra en las almas,
dador de todos los dones.



Por eso debemos invocarlo con confianza, con sencillez, aun cuando nos encontremos llenos de pecados:

Fuente de todo consuelo,
amable huésped del alma,
paz en las horas de duelo.

Eres pausa en el trabajo;
brisa, en un clima de fuego;
consuelo, en medio del llanto.

Ven luz santificadora,
y entra hasta el fondo del alma
de todos los que te adoran.

Tenemos que dejar de ser hombres y mujeres dobles. El Espíritu Santo es espíritu de la verdad, si tenemos pecados ¡hay que reconocerlos, pedir perdón y seguir viviendo! Con toda sencillez y tranquilidad. No vivamos una doble vida: una con los demás y otra con nosotros mismos, puede ser que terminaremos rotos por dentro y por fuera y hundidos en una gran tristeza.

El Espíritu de Dios es inmensamente alegre, y alegres nos quiere a cada uno.


Si tenemos cierto tiempo sin acudir al sacramento de la Confesión, es momento de prepararnos, de hacer una buena confesión y limpiar hasta el fondo nuestra alma.

Si hay por ahí dentro algún rencor que no nos deja en paz y que nos llena de tristeza y amargura, es momento de arrancarlo y pedirle al Espíritu de Dios que sane nuestro corazón enfermo. Solo él puede hacerlo ¡y lo hace maravillosamente bien!

Si hace tiempo que no sentimos nada al venir a Misa, si no el rezar o el dirigirnos a Dios nos parece algo tedioso y sin sentido, incluso aburrido y chocante es momento de pedirle:

Sin tu inspiración divina
los hombres nada podemos
y el pecado nos domina.

Lava nuestras inmundicias,
fecunda nuestros desiertos
y cura nuestras heridas.

Doblega nuestra soberbia,
calienta nuestra frialdad,
endereza nuestras sendas.

Concede a aquellos que ponen
en ti su fe y su confianza
tus siete sagrados dones.

Danos virtudes y méritos,
danos una buena muerte
y contigo el gozo eterno


Si por la serie de acontecimientos que hemos vivido en la Iglesia hemos ido perdiendo la confianza en ella y en sus ministros, es momento de volver a ella con más confianza y con más ternura:

Bajo el amparo y la protección de la Santísima Virgen María, Esposa del Espíritu Santo, ponemos éstos deseos y las intenciones de cada uno de los que celebramos esta tarde la solemnidad de Pentecostés ■

[1] Cfr Jn 16, 7.
[2] Cfr Is 9, 6.
[3] En la liturgia católica, la Secuencia es un texto o tropo del Aleluya gregoriano o también el himno que se desarrolla a partir de ello. Las secuencias tienen la forma de composiciones estróficas, rimadas. Nacen alrededor del año 850 cuando se añade texto al melisma final del Aleluya. Hasta el s. XII se van desarrollando las secuencias rimadas independientes del Aleluya. Adquirieron una gran popularidad a finales de la Edad Media, de forma que se conocen unas 5000 diferentes, algunas de autores famosos como Tomás de Celano o Tomás de Aquino, autor, por ejemplo del Lauda Sion Salvatorem. Ante su gran profusión, el Concilio de Trento las eliminó de la liturgia de la Misa con cuatro excepciones, que son -con alguna excepción- las secuencias que siguen presentes en el Misal Romano:
Victimae paschali laudes (en Pascua)
Veni, Sancte Spiritus (en Pentecostés)
Lauda Sion Salvatorem (en la fiesta del Corpus)
Dies irae (en las misas de réquiem).
En 1727 se reincorpora el Stabat Mater en la fiesta de los Dolores de María. La última reforma litúrgica abolió el Dies irae, por su tono sombrío y angustioso. Algunas de estas secuencias, sobre todo el Dies irae y el Stabat Mater han tenido una importante recepción musical, inspirando a compositores famosos. Su lugar en la liturgia actual es tras el salmo responsorial y antes del Aleluya, dentro de la liturgia de la palabra. El tropo en tiempos carolingios pudo tener una gran importancia pues -según una teoría bastante aceptada- a partir de él se desarrolla el teatro medieval o drama litúrgico (estrictamente no son parte de la liturgia, pero sí están recogidos en libros litúrgicos).