11 ene 2009

Hora Santa 15.I.2009

Dentro de unos días celebraremos en la Iglesia la fiesta de la conversión de San Pablo. Su Santidad Benedicto XVI a querido dedicar todo un año a contemplar con calma la figura del gran apóstol de los gentiles, pensando en esto empezamos hoy nuestro rato de oración delante de Jesús Sacramentado[1].

Un conocido filósofo que además de ateo sentía un terrible desprecio por la Iglesia católica, comentaba irónicamente hace algunos años: «los católicos son verdaderamente simpáticos: celebran con una fiesta el día en que Pablo de Tarso deja de matar a los seguidores de Cristo».

Ciertamente celebramos con una fiesta litúrgica la conversión de San Pablo, pero en la Iglesia le damos otro enfoque. Para nosotros más importante que el hecho de que Pablo haya dejado de matar cristianos [–que por supuesto es importante-] es el hecho de que se encontró con Jesucristo y decidió cambiar su camino. Y así como hace unos días decíamos que el Señor no rompe la caña resquebrajada ni apaga la mecha que aún humea[2], hoy decimos que a todos –Pablo incluido- Dios da la oportunidad de abandonar el mal camino y comenzar uno nuevo.

Y es que la conversión es mucho más que un arrepentimiento o una clara conciencia del mal hecho.

La conversión es, sobre todo, emprender un nuevo camino bajo la misericordia de Dios, pero sin dejar de ser uno mismo. Convertirse no es haber sido impetuoso y ahora ser un manso corderito. Convertirse es ser impetuoso…bajo la misericordia de Dios.

San Pablo se convirtió de verdad: siguió siendo el mismo. Cambió de camino, pero no de alma[3].

Y es que a lo largo de la historia ha habido quien, equivocadamente, ha explicado totalmente lo contrario: han recomendado declarar una guerra contra las propias tendencias, ir contra corriente de su alma: así, si eras orgulloso e impetuoso, tenías que volverte humilde y un poco apocado; si eras tímido, tenías que convertirte en atrevido; si eras lento, en rápido; si nervioso, en tranquilo; si impulsivo, en sereno.

Y [Yo] me pregunto ¿es posible que Dios se haya equivocado tanto al hacer los hombres? Si quería que el tímido fuera atrevido ¿por qué no empezó por ahí? ¿Es que acaso a Dios le encanta ver a los hombres pelándose contra su naturaleza?

San Pablo era un violento, un fariseo militante[4], brioso como un caballo pura sangre, enamorado de la lucha contra el cristianismo. Perseguía a los cristianos porque creía que era su deber. Y un buen día Dios le tira al suelo y le explica que toda esa violencia era agua desbocada.

Sin embargo no le convirtió en un muchachito dulce, bueno y pacífico. No le cambio el alma de fuego por otra de mantequilla. Su amor por la ley se transformó en un amor por Jesús y a partir de ese momento se entregó a luchar por Cristo como antes lo hacía contra Él y sus seguidores[5]. Había cambiado de camino, pero no de alma.

Y este es justamente el cambio que se espera de los hombres: que luchemos por el espíritu como hasta ahora hemos peleado por el poder; que nos empeñemos en ayudar a los demás como hasta ahora nos empeñábamos en que nos sirvieran a nosotros.

En pocas palabras: se trata de cambiar de actitud, pero no de cambiar la forma de ser que tiene nuestra alma.

Se vale ser apasionado y brioso como era san Pablo…bajo la mirada amorosa de Dios y todo ése empeño y esa fuerza utilizarla para las cosas de Dios.

Si Dios nos ha hecho inteligentes, a usar esa inteligencia. Si Dios nos ha hecho simpáticos, a utilizar esa simpatía. Si Dios nos ha regalado una manera de ser alegre, a contagiar esa alegría. Si Dios nos ha dado un carácter un tanto reservado o tímido, aprovechar también eso para vivir el silencio y ser un alma contemplativa ¡todo es don de Dios! ¡Todo sirve y aprovecha para su gloria!

Desde luego que hay que utilizar esa misma fuerza para luchar contra nuestras faltas, o nuestra manera de ser a veces egoísta, a veces soberbia, a veces altanera.

Pero la lucha debe ser siempre positiva: Es bueno que asumamos serenamente las partes negativas de nuestra forma de ser, que no nos encerremos en nuestros dolores, mucho menos que los magnifiquemos, y que nos demos cuenta que son infinitamente mayores los dones y las virtudes que Dios nos ha dado, y que tenemos que aprovecharlas.

El Cardenal Newman, que igual de Pablo de Tarso sabía lo que es realmente una conversión y la luz que hace falta para ello, se dirigía a Dios con entrañables palabras:

Guía, Amable Luz, a través de la penumbra,
¡Guíame Tú!
La noche es oscura, estoy lejos de casa;
¡Guíame Tú!
Cuida mis pies; no pido ver el horizonte a lo lejos, me basta un paso.

No fui siempre como ahora; no acostumbraba pedirte
que me guiaras;
siempre quise elegir y ver mi camino,
pero ahora ¡Guíame Tú!
Amé los días relumbrantes, y por encima del miedo
el orgullo me podía: no recuerdes esos años.

Desde lejos tu poder me bendecía;
de seguro podrá guiarme ahora
por rastrojos y malezas, por pendientes y quebradas,
hasta que cese la noche.
Con la mañana sonríen aquellos Ángeles
que yo había amado de lejos y que un tiempo había perdido
[6].

[1] Cfr http://www.annopaolino.org/index.asp?lang=spa
[2] Cfr Is 42, 1-4.6-7.
[3] B. HERNANDO, El grano de mostaza, PPC, Madrid 1991.
[4] Cfr Gal 1, 13-14.
[5] Hech 9, 1-30.
[6] Se trata del célebre poema Lead, Kindly Light, compuesto por John Henry Cardenal Newman (1801-1890) conocido por su participación en el Movimiento de Oxford en el que estudió los fundamentos de la fe desde la perspectiva anglicana a cuyo clero pertenecía. A raíz de sus investigaciones sobre la doctrina enseñada por los Primeros Padres de la Iglesia, llegó a la conclusión de que la Iglesia Católica no podía ser otra que la Romana. En 1845 hizo la profesión de fe en la Iglesia Católica.