El jueves pasado en nuestro rato de oración delante del Señor hablábamos de la necesidad de darnos más a los demás, de salir de nuestra zona de confort. De ése dar hasta que duela, que mencionaba Madre Teresa de Calcuta. Y mencionábamos en concreto una de las siete obras de misericordia: visitar a los enfermos. Sin embargo no podemos ni debemos descuidar las otras. Las obras de misericordia –corporales y espirituales- son como las herramientas que nos ayudan a configurarnos con Cristo, a parecernos más a Él en nuestro día a día. En realidad ése es nuestro ideal: ser como Cristo.
Obras de misericordia espirituales:
1. Dar buen consejo al que lo necesita…Aconsejar, no criticar!...
2. Enseñar a los ignorantes….es decir, a quienes necesitan de educación para no vivir en la miseria intelectual...
3. Corregir al que se equivoca… A aquellos jóvenes amigos nuestros que equivocan el camino, aun cuando se enojen, aun cuando la amistad parezca que termina. Tenemos la obligación de decir cuando se esta actuando mal.
4. Consolar a los afligidos… Afligidos por la perdida (no necesariamente física) de un ser querido..
5. Perdonar las ofensas…una...dos...hasta setenta veces siete!...
6. Sufrir con paciencia los defectos del prójimo… En la oficina...en el colegio, de todas maneras, ellos sufren los nuestros!
Obras de misericordia espirituales:
1. Dar buen consejo al que lo necesita…Aconsejar, no criticar!...
2. Enseñar a los ignorantes….es decir, a quienes necesitan de educación para no vivir en la miseria intelectual...
3. Corregir al que se equivoca… A aquellos jóvenes amigos nuestros que equivocan el camino, aun cuando se enojen, aun cuando la amistad parezca que termina. Tenemos la obligación de decir cuando se esta actuando mal.
4. Consolar a los afligidos… Afligidos por la perdida (no necesariamente física) de un ser querido..
5. Perdonar las ofensas…una...dos...hasta setenta veces siete!...
6. Sufrir con paciencia los defectos del prójimo… En la oficina...en el colegio, de todas maneras, ellos sufren los nuestros!
7. Rezar a Dios por los vivos y los difuntos…Hoy por ti...mañana por mi!...
Y también están las obras de misericordia corporales:
1. Dar de comer al hambriento… Familias de muchos hijos y pocos recursos, Instituciones de Caridad, las viudas o las que se han quedado sin esposo. Invitar a comer a quien sabemos come habitualmente solo, o necesita compañía.
2. Dar de beber al sediento… al que tiene sed de amor, sed de compañía, sed de perdón...
3. Vestir al desnudo, no a quien no tiene prendas de vestir, sino a quien se las quita. Al desnudo de amor, a los niños abandonados; a quienes han sufrido el drama del divorcio o de un hogar roto.
4. Dar posada al forastero: brindarle cariño a los amigos de nuestros hijos que tienen hogares desintegrados y buscan calor de hogar en el nuestro. Al homeless al menos preguntarle cómo se llama, o invitarlo a comer.
5. Visitar a los enfermos, es decir, enfermos en hospitales que nadie visita…ayudar a quienes viven el drama de la drogadicción, o del alcoholismo; de la depresión o la esquizofrenia, etc.
6. Visitar a los encarcelados, quienes se encuentran físicamente encarcelados o dentro de la depresión y soledad; a los desesperados y tristes, a los encarcelados por las garras del pecado...
7. Enterrar a los muertos, es decir, a los que mueren físicamente, pero también enterrar todo aquello que daña el alma: la pornografía, la adicción a los juegos, etc.
La Iglesia –son palabras de Juan Pablo II- proclama la verdad de la misericordia de Dios, revelada en Cristo crucificado y resucitado, y la profesa de varios modos. Además, trata de practicar la misericordia para con los hombres a través de los hombres, viendo en ello una condición indispensable de la solicitud por un mundo mejor y « más humano », hoy y mañana.
Sin embargo, en ningún momento y en ningún período histórico —especialmente en una época tan crítica como la nuestra—la Iglesia puede olvidar la oración que es un grito a la misericordia de Dios ante las múltiples formas de mal que pesan sobre la humanidad y la amenazan.
Precisamente éste es el fundamental derecho-deber de la Iglesia en Jesucristo: es el derecho-deber de la Iglesia para con Dios y para con los hombres. La conciencia humana, cuanto más pierde el sentido del significado mismo de la palabra « misericordia », sucumbiendo a la secularización; cuanto más se distancia del misterio de la misericordia alejándose de Dios, tanto más la Iglesia tiene el derecho y el deber de recurrir al Dios de la misericordia « con poderosos clamores ».135 Estos poderosos clamores deben estar presentes en la Iglesia de nuestros tiempos, dirigidos a Dios, para implorar su misericordia, cuya manifestación ella profesa y proclama en cuanto realizada en Jesús crucificado y resucitado, esto es, en el misterio pascual. Es este misterio el que lleva en sí la más completa revelación de la misericordia, es decir, del amor que es más fuerte que la muerte, más fuerte que el pecado y que todo mal, del amor que eleva al hombre de las caídas graves y lo libera de las más grandes amenazas[1].
[1] Dives in Misericordia, n. 15
Sin embargo, en ningún momento y en ningún período histórico —especialmente en una época tan crítica como la nuestra—la Iglesia puede olvidar la oración que es un grito a la misericordia de Dios ante las múltiples formas de mal que pesan sobre la humanidad y la amenazan.
Precisamente éste es el fundamental derecho-deber de la Iglesia en Jesucristo: es el derecho-deber de la Iglesia para con Dios y para con los hombres. La conciencia humana, cuanto más pierde el sentido del significado mismo de la palabra « misericordia », sucumbiendo a la secularización; cuanto más se distancia del misterio de la misericordia alejándose de Dios, tanto más la Iglesia tiene el derecho y el deber de recurrir al Dios de la misericordia « con poderosos clamores ».135 Estos poderosos clamores deben estar presentes en la Iglesia de nuestros tiempos, dirigidos a Dios, para implorar su misericordia, cuya manifestación ella profesa y proclama en cuanto realizada en Jesús crucificado y resucitado, esto es, en el misterio pascual. Es este misterio el que lleva en sí la más completa revelación de la misericordia, es decir, del amor que es más fuerte que la muerte, más fuerte que el pecado y que todo mal, del amor que eleva al hombre de las caídas graves y lo libera de las más grandes amenazas[1].
[1] Dives in Misericordia, n. 15
