25 mar 2009

Pronto hará cuatro años que nos casamos (…) y necesito decirte que no me basta decir que te quiero. Necesito que lo sepa todo el mundo.

Durante años viví una vida muy triste. Era un tipo muy divertido, pero si alguien me siguiera, se encontraría con un pobre hombre, un desventurado. Un tipo atrapado en miserias y vanidades que sabía simular, esconder y mentir. Un hombre que confesaba en iglesias perdidas historias que no tenían ningún sentido y salía de ellas pensando “¡vaya (…)”. Veintisiete años de tonterías.

Tú también vivías sola...

La verdad es que nadie lo diría, pero tú supiste ver poco a poco en mí toda esa tristeza y esa soledad, y todas mis mentiras. Al intuir eso sentiste el deseo de salir a defenderme contra no se sabe quién, como si vieses golpear a un niño. Te quiero por muchas razones, pero ésta me conmueve de un modo difícil de explicar: saber que yo no era más que un pobre cobarde, un payaso de circo a cuyas mejillas iban todas las bofetadas. Y tú apareciste como aparece el amor: un fatalismo alegre que atrapa, transfigura y rompe de verdad un corazón acortezado, con una belleza insoportable, como la belleza insoportable de la música. Un amor que me comprometía hasta los tuétanos y hacía que mi vida fuese, quizás por primera vez, una auténtica historia tan hermosa, absurda, extraña y misteriosa como la mejor de la novelas, como la mejor de las películas.

Por eso te quiero. ¡Qué alegría sentir siempre tu amor!, ¡qué alegría ese segundo exacto en el que nos conocimos!. El segundo ése que nos obligó a amarnos hasta nunca, en el que pasamos a ser un asunto de vida o muerte, una apuesta al todo o nada.

Y comenzamos de cero con una inconsciencia maravillosa, encantadora. Nos pusimos el mundo por montera. Estaba tan seguro contigo que todo lo demás me importaba nada. Todo. No tenía miedo al pasado, a todas aquellas historias que sabía podría presentarse y juzgarme con toda la dureza del mundo. Con razón. Y no tenía miedo porque tú las conocías y, desnudo de mentiras, las perdonaste de verdad y de corazón.

Te uniste a un tipo que no sabe hacer nada, que ignora (…) la vida doméstica compartiendo porque no ha compartido nada durante años. (…) Por eso también te quiero. Aguantar un fantasma no debe de ser fácil. Soportar un tipo que sólo sabe cantar, escribir, contar chistes, leer… (…). Me quieres muchísimo, chica. Nadie me ha querido así. Yo también te quiero, aunque no te llegue a la suela de los zapatos.

En estos años he conocido mujeres más hermosas que tú (…) y he sentido ese otro yo que me dice “venga, hombre, que no pasa nada”; hasta creí ser guapo porque (….) algunas me decían que me parecía a no ser qué actor. En noches en ciudades anónimas las pasiones tristes del ayer me han cantado baladas recordándome quien fui y me han susurrado promesas de caricias intentando que volviera atrás (….). Sin embargo no he fallado -¡qué alegría podértelo escribir!-, aunque fuese a costa de cinco Jacks Daniels de soledad en la habitación de un hotel. Prefiero una botella de wiskey a llegar a casa y no poder mirarte nunca más a los ojos (…). (….) Y es tanta la alegría que siento de estar contigo que te respeto como nunca antes respeté a nadie. Ni siquiera a mí. ¡Qué suerte haberte conocido! (…)

Aunque no necesito palabras para reconocerte -hasta cuando duermes intuyo quién eres- necesito lucirte, porque tu brillo me ilumina ante el mundo entero. Ya sé que hay gente –de los tuyos y de los míos– a los que no les acabamos de gustar. Son gente que les encantaría ser administradores de nuestros afectos, de nuestras vidas, les apasionaría que fuéramos complementarios y armónicos. Y levantamos miradas de sorpresas cuando nos conocen y repreguntan perplejos “¿cómo es posible que se haya enamorado de ésa/de ése, ¿pero qué le ve? (…) Y, sin embargo, ahí estamos, tomados de la mano, dispuestos a levantarnos de la mesa si alguien insinúa algo malo del otro. (…)

Siempre llegas antes que yo a mi propia vida, y ordenas mi mundo como sabes que me gusta, a mi antojo. Entonces me avergüenzo porque sabes hacer de lo extraño lo normal… y siento que soy el hombre más afortunado del planeta: ¡que suerte tiene el que vive contigo!

Necesito que lo sepa todo el mundo. Sabiendo que quizá nunca leerás estas líneas (…).

No sé exactamente quién es Jesucristo, ni Dios, ni todas esas cosas que otros aseguran que son así y asá, que las ven con una gran claridad … (…) Sin embargo, algo me dice que sí, que está muy cerca de nosotros dos. No es un sentimiento, una certeza, ni siquiera una intuición: es que nunca hemos sido tan felices y como niños estamos estrenando todos los días ■ SM