25 mar 2009

Hora Santa 26.III.2009


De entre todos los personajes que vamos a contemplar durante las próximas semanas al celebrar los misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor hay uno en el que yo quisiera que ésta noche centráramos nuestra atención.

Me refiero a uno de los dos ladrones que son crucificados junto al Señor.

Es san Lucas el único que recoge en su evangelio éste momento. Lc 23, 35-43.

Cuando uno comparte una enfermedad, una tragedia, un momento difícil, ésa misma situación crea una amistad, es decir no hay compañerismo más auténtico ni más fraternal que el de los soldados que luchan en la misma trinchera o el de los que sufren idéntica condena.

Hoy estarás conmigo en el Paraíso —le dice Jesús a aquel hombre. Hoy, esta tarde, a las tres en punto. Espera un poco. Aguanta conmigo este tormento de la Cruz y llegaremos juntos a casa. Allí estarás a salvo para siempre conmigo.

Yo me siento como muy identificado con aquel hombre: era un ladrón, su vida desastrosa había terminado su vida desastrosamente

Es en éste momento en el que podemos ver más claramente aquella frase tan entrañable del mismo Señor en el Apocalipsis: He aquí que hago nuevas todas las cosas[1].

Es decir, con la cruz se inaugura –podríamos decir- una nueva tabla de valores: El ladrón es salvado por el rey, el Señor concede su gloria y su reino a alguien que había vivido y estaba muriendo fuera de la ley.

Asombroso.

¿Cómo fue que aquel hombre tuvo el coraje y el valor de olvidarse de si mismo, de abrir una brecha en medio de sus dolores para descubrir la dignidad de Jesús? Quizá nunca lo sabremos, pero lo podemos adivinar y, sobre todo, lo podemos imitar.

Para este hombre el dolor había sido fecundo.

Este ladrón era un pecador, no un fanático, y mucho menos alguien lleno de soberbia u orgullo.

Su alma seguía estando entera, e incorrupta.

Este hombre supo salirse de su tragedia para examinar, conocer y comprender a Jesús.

No sabemos –porque no nos lo dice el evangelio- si éste hombre sabia algo de Jesús, si lo había conocido antes.

San Marcos y San Mateo dicen en su relato que él también insultaba a Jesús, sin embargo quizá el silencio y la dignidad de Jesús lo sacudieron y lo hicieron reaccionar.

Y viene la súplica maravillosa de aquel hombre: Jesús, acuérdate de mi cuando llegues a tu reino.

No sé qué llama más la atención si la sencillez de sus palabras o la ausencia de ambiciones o la profundidad de su fe.

Santiago y Juan algunos capítulos antes le habían pedido al Señor los primeros puestos en el reino, éste hombre sólo pide un recuerdo.

1192 años después, Santo Tomás de Aquino en uno de sus más famosos himnos –el que compusiera para la fiesta del Corpus Christi- dirigiéndose a nuestro Señor, escribe: En la Cruz se escondía sólo la divinidad, pero aquí también se esconde la humanidad. Creo y confieso ambas cosas, pido lo que pidió el ladrón arrepentido.

Y lo mejor de todo es lo que promete Jesús a aquel hombre. Y lo más importante no es el paraíso sino el conmigo. Es decir, estar con Cristo es ya estar en el paraíso.

Unos minutos después, con la muerte del Señor, la historia da vuelta:

Judas, uno de los doce, se pierde; y Magdalena, pecadora, se salva. El sumo sacerdote, que lleva años examinando a Jesús y su doctrina, no reconoce en él al Hijo de Dios; y el centurión solo con verle morir, descubre todo. Un ladrón muere blasfemando y el otro entra directamente en el paraíso.

La verdad triunfa sobre las apariencias, el corazón importa más que los gestos, una nueva luz ilumina a los hombres.

Y en aquel buen ladrón, de quien desconocemos hasta el nombre, había algo que salva: apertura de corazón, humildad, fe. Más breve: amor ■
En el cielo se alquilan balcones
para un casamiento
que se va a hacer
que se va a hacer
que se casa la Virgen Maria
con el Patriarca Señor San José
Señor San José
Señor San José
que se casa la Virgen Maria
con el Patriarca Señor San José ■

Hora Santa 19.III.2009

Celebramos hoy en la Iglesia una fiesta muy importante y muy entrañable y muy bonita: la fiesta de San José, esposo de la Virgen María y papá en la tierra de nuestro Señor San José es también patrono de la Iglesia universal.

Y al celebrar a San José podemos dedicar un rato en nuestra oración con el Señor que nos preside desde la custodia a hablar de un tema muy importante y también muy bonito: el amor humano. El amor entre un hombre y una mujer. Y del noviazgo, ésa época tan bonita y tan importante en un hombre y en una mujer.

Jacob engendró a José, el esposo de María, de la que nació Jesús, llamado Cristo. La generación de Jesucristo fue de esta manera: Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo. Su marido José, como era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto.

Así lo tenía planeado, cuando el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados» Despertado José del sueño, hizo como el Ángel del Señor le había mandado
[1].


Nos cuenta el evangelio que «María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo. Su marido José, como era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto».

Es un texto cortito, pero que encierra muchas cosas:

María y José se querían, y se querían mucho, tanto que se habían ya desposado, y pronto vivirían juntos.

No sabemos dónde se conocieron, ni cómo es que llegaron a enamorarse, pero seguramente fue en Nazareth, donde vivía la Virgen y donde convivían con amigos comunes.

Y con toda seguridad lo que más llamó la atención del uno hacia el otro fue la limpieza de vida, la castidad con la que vivían y se relacionaban con los demás.

El amor humano no es malo, es querido y deseado por Dios, que creó a Adán y Eva.

Y tan quiere el amor humano que la Segunda Persona de la Santísima Trinidad se hace hombre en el seno de una familia.

Amor, mis hermanos y hermanas, no es sinónimo de acostarse, y amor tampoco significa pura compañía, ni compañía significa seguridad,

En el tema del amor humano hay que aprender... que los besos no son contratos y los regalos no son promesas

Y uno debe a aceptar sus derrotas con la cabeza alta y los ojos abiertos. Y aprender a construir todos sus caminos en el hoy, porque el terreno de mañana es demasiado inseguro.

Y también uno debe aprender si es demasiado, hasta el calorcito del sol quema. Y por eso hay que ser prudentes e ir despacio; comerse el pastel de dos mordidas SIEMPRE hace daño.

También uno debe aprender poco a poco a plantar su propio jardín y decorar su propia alma, en lugar de esperar a que alguien le traiga flores, es decir, el amor que nuestro corazón necesita viene sobre todo de Dios y de los amigos, y luego de la pareja con la que se decide compartir la vida.

También hay vocación a la vida de soltero o soltera.

Y al vivir bien el amor humano, uno aprende que realmente puede aguantar, que uno realmente es fuerte, que uno realmente vale, y uno aprende y aprende...

Con el tiempo se aprende que estar con alguien porque te ofrece un buen futuro, significa que tarde o temprano querrás volver a tu pasado.

Y debes aprender, hermano mío, hermana mía, que sólo quien es capaz de amar con tus defectos, sin pretender cambiarte, puede brindarte toda la felicidad que deseas.

Con el tiempo debes darte cuenta que si estás al lado de esa persona sólo por acompañar tu soledad, irremediablemente acabarás no deseando volver a verla.

Y también debes comprender que los verdaderos amigos son contados, y que el que no lucha por ellos tarde o temprano se verá rodeado sólo de amistades falsas.

En el amor humano, debes comprender que apresurar las cosas o forzarlas a que pasen ocasionará que al final no sea como esperabas.

Y también debes aprender y comprender que en realidad lo mejor no era el futuro, sino el momento que estabas viviendo justo en ese único instante.

Y que hay tres momentos en la Vida que uno no puede remediar: La oportunidad que dejaste pasar, la cita a la que no asististe y La ofensa que pronunciaste.

El tema del amor humano y el dinero también es importante. tienes que aprender que puedes comprarte una casa pero no un hogar, puedes comprarte una cama pero no el sueño, puedes comprarte un reloj pero no el tiempo, puede comprarte un libro pero no conocimiento o lo que necesitas aprender, puedes comprarte una posición pero no sirve para tener respeto ante los demás; puedes comprarte medicinas pero no salud, puedes comprarte sangre pero no vida, puedes, en fin, comprarte sexo pero jamás amor.

Con el tiempo se aprende que la vida es aquí y ahora, y que no importa cuántos planes tengas, el mañana no existe y el ayer tampoco;

Con el tiempo se aprende que intentar perdonar o pedir perdón, decir que amas, decir que extrañas, decir que necesitas, decir que quieres ser amigo, ante una tumba, ya no tiene ningún sentido, porque el tiempo se ha pasado ■
Pronto hará cuatro años que nos casamos (…) y necesito decirte que no me basta decir que te quiero. Necesito que lo sepa todo el mundo.

Durante años viví una vida muy triste. Era un tipo muy divertido, pero si alguien me siguiera, se encontraría con un pobre hombre, un desventurado. Un tipo atrapado en miserias y vanidades que sabía simular, esconder y mentir. Un hombre que confesaba en iglesias perdidas historias que no tenían ningún sentido y salía de ellas pensando “¡vaya (…)”. Veintisiete años de tonterías.

Tú también vivías sola...

La verdad es que nadie lo diría, pero tú supiste ver poco a poco en mí toda esa tristeza y esa soledad, y todas mis mentiras. Al intuir eso sentiste el deseo de salir a defenderme contra no se sabe quién, como si vieses golpear a un niño. Te quiero por muchas razones, pero ésta me conmueve de un modo difícil de explicar: saber que yo no era más que un pobre cobarde, un payaso de circo a cuyas mejillas iban todas las bofetadas. Y tú apareciste como aparece el amor: un fatalismo alegre que atrapa, transfigura y rompe de verdad un corazón acortezado, con una belleza insoportable, como la belleza insoportable de la música. Un amor que me comprometía hasta los tuétanos y hacía que mi vida fuese, quizás por primera vez, una auténtica historia tan hermosa, absurda, extraña y misteriosa como la mejor de la novelas, como la mejor de las películas.

Por eso te quiero. ¡Qué alegría sentir siempre tu amor!, ¡qué alegría ese segundo exacto en el que nos conocimos!. El segundo ése que nos obligó a amarnos hasta nunca, en el que pasamos a ser un asunto de vida o muerte, una apuesta al todo o nada.

Y comenzamos de cero con una inconsciencia maravillosa, encantadora. Nos pusimos el mundo por montera. Estaba tan seguro contigo que todo lo demás me importaba nada. Todo. No tenía miedo al pasado, a todas aquellas historias que sabía podría presentarse y juzgarme con toda la dureza del mundo. Con razón. Y no tenía miedo porque tú las conocías y, desnudo de mentiras, las perdonaste de verdad y de corazón.

Te uniste a un tipo que no sabe hacer nada, que ignora (…) la vida doméstica compartiendo porque no ha compartido nada durante años. (…) Por eso también te quiero. Aguantar un fantasma no debe de ser fácil. Soportar un tipo que sólo sabe cantar, escribir, contar chistes, leer… (…). Me quieres muchísimo, chica. Nadie me ha querido así. Yo también te quiero, aunque no te llegue a la suela de los zapatos.

En estos años he conocido mujeres más hermosas que tú (…) y he sentido ese otro yo que me dice “venga, hombre, que no pasa nada”; hasta creí ser guapo porque (….) algunas me decían que me parecía a no ser qué actor. En noches en ciudades anónimas las pasiones tristes del ayer me han cantado baladas recordándome quien fui y me han susurrado promesas de caricias intentando que volviera atrás (….). Sin embargo no he fallado -¡qué alegría podértelo escribir!-, aunque fuese a costa de cinco Jacks Daniels de soledad en la habitación de un hotel. Prefiero una botella de wiskey a llegar a casa y no poder mirarte nunca más a los ojos (…). (….) Y es tanta la alegría que siento de estar contigo que te respeto como nunca antes respeté a nadie. Ni siquiera a mí. ¡Qué suerte haberte conocido! (…)

Aunque no necesito palabras para reconocerte -hasta cuando duermes intuyo quién eres- necesito lucirte, porque tu brillo me ilumina ante el mundo entero. Ya sé que hay gente –de los tuyos y de los míos– a los que no les acabamos de gustar. Son gente que les encantaría ser administradores de nuestros afectos, de nuestras vidas, les apasionaría que fuéramos complementarios y armónicos. Y levantamos miradas de sorpresas cuando nos conocen y repreguntan perplejos “¿cómo es posible que se haya enamorado de ésa/de ése, ¿pero qué le ve? (…) Y, sin embargo, ahí estamos, tomados de la mano, dispuestos a levantarnos de la mesa si alguien insinúa algo malo del otro. (…)

Siempre llegas antes que yo a mi propia vida, y ordenas mi mundo como sabes que me gusta, a mi antojo. Entonces me avergüenzo porque sabes hacer de lo extraño lo normal… y siento que soy el hombre más afortunado del planeta: ¡que suerte tiene el que vive contigo!

Necesito que lo sepa todo el mundo. Sabiendo que quizá nunca leerás estas líneas (…).

No sé exactamente quién es Jesucristo, ni Dios, ni todas esas cosas que otros aseguran que son así y asá, que las ven con una gran claridad … (…) Sin embargo, algo me dice que sí, que está muy cerca de nosotros dos. No es un sentimiento, una certeza, ni siquiera una intuición: es que nunca hemos sido tan felices y como niños estamos estrenando todos los días ■ SM

5 mar 2009

"La Hostia Santa expuesta ante nuestrtos ojos proclama este poder infinito del amor manifestado en la cruz gloriosa. La Hostia Santa proclama el increíble anonadamiento de Quien se hizo pobre para darnos su riqueza, de Quien aceptó perder todo para ganarnos para su Padre. La Hostia Santa es el sacramento vivo y eficaz de la presencia eterna del Salvador de los hombres en su Iglesia" ■ Benedicto XVI en el Santuario de Lourdes
Tengo un buen amigo que a sus muchos años no logra comer hígado. Simplemente no puede. De niño lo hacia porque su mamá se empeñaba. ¿Cómo lo lograba? Primero agotaba los recursos más tradicionales como dárselo al perro a escondidas, dejarlo debajo de la mesa, envolverlo en la servilleta o pasar pedacitos discretos al plato del hermano más cercano, etc. sin embargo todas estas técnicas eran rápidamente desactivadas por la mamá, por lo que casi siempre al final tenía que enfrentarse de frente con el problema. ¿Solución? Gracias a su afición a la mostaza, untaba medio tarro del frasco sobre el filete, y así conseguía neutralizar casi por completo el [terrible] sabor del hígado. Su técnica resultó durante algunos años exitosa[1].

Ésta técnica, aunque útil para muchas cosas, no funciona cuando la aplicamos a la fe que profesamos. El pescado con salsa tártara es una maravilla, nada mejor que una ensalada con un buen aderezo, sin embargo ni el cristianismo ni el evangelio soportan ningún condimento.

El evangelio nos pide amar a Dios sobre todas las cosas[2]. “Bien. Sí. Sobre todas las cosas menos sobre el ipod, o mi sabadito de golf o el partido de fútbol del fin de semana”. Cristianismo con catsup.

Jesús en el evangelio invita franca y sencillamente a tomar la cruz de cada día[3]. “Bien, de acuerdo, pero con un buen cojín para el hombro y alguien que me ayude ¿eh? Y que la cruz sea de la madera más ligera del mercado”. Cristianismo con azúcar.

El evangelio dice que los limpios de corazón verán a Dios[4]. “Hombre, sí, pero no es para tanto, tranquilo; no hay que exagerar, si todo el mundo lo hace no tiene que estar tan mal”. Cristianismo con miel de maple.

Jesús en el evangelio habla de amar a los enemigos[5]. “Sí, totalmente de acuerdo, sólo que a ése que me metió una zancadilla profesional lo odiaré toda mi vida”. Cristianismo con mayonesa.

El Evangelio nos pide perdonar setenta veces siete[6]. “OK, pero a ése no. Es un caso especial. Lo que me hizo es imperdonable”. Cristianismo con un chorrito de leche.

Jesús nos invita a no poner el corazón en los bienes de la tierra[7]. “Sí sí, lo que pasa es que en este mundo globalizado hay que tener de todo”. Cristianismo con unas rueditas de jitomate.

El Señor nos habla de la necesidad de la oración[8]. “¡Claro! Es importante, pero ¿no ves que no tengo tiempo, que soy una persona muy ocupada?”. Cristianismo con relleno de chocolate.

Nos pide también detenernos y ayudar al que está ahí tirado sobre el camino[9]. “Lo sé, pero hoy en día es peligroso. Nunca se sabe lo que puede pasar. Además, ayudas y ni te lo agradecen”. Cristianismo con un poco de mermelada.

El Evangelio nos pide fidelidad a Jesucristo[10]. “Bien pero uno debe tener sus propias ideas; yo comparto muchas cosas de las que dice Jesús, pero no estoy de acuerdo en algunos puntos de la moral de la Iglesia”. Cristianismo con Splenda.

Jesús nos recuerda constantemente que estamos de paso, que la vida es un instante, que hemos de aprovecharla minuto a minuto[11]. “Sí, bien, pero tampoco hay que amargarse, hay que hacer lo que a uno le gusta; mejor: no estresarse”. Cristianismo con mostaza.

Y así, poco a poco, terminamos todos pidiendo “¡Cristianismo con algún condimento, por favor!”

El Señor no le puso ningún otro sabor a su vida, ni condimento alguno que la hiciera ser más llevadera. No le agregó ni azúcar ni miel, no neutralizó el dolor de la cruz ni dejó que pasara el cáliz que el Padre tenía dispuesto que bebiese.

En la homilía durante la celebración del Miércoles de Ceniza, Su Santidad Benedicto XVI habló de la vocación de los cristianos: «resucitados con Cristo, han pasado por la muerte, y su vida ya está escondida con Cristo en Dios[12]. Para vivir esta "nueva" existencia en Dios es indispensable alimentarse de la Palabra de Dios. Para estar realmente unidos a Dios, debemos vivir en su presencia, estar en diálogo con él. Jesús lo dice claramente cuando responde a la primera de las tres tentaciones en el desierto, citando el Deuteronomio: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios[13].

Una idea de ésas tan características del Papa que puede ayudarnos a lo largo de ésos días a tomar alguna resolución concreta para vivir de manera profunda nuestra fe pues el cristianismo o se vive como es o no es cristianismo ■

[1] Homilía pronunciada el 8.II.2009, II Domingo del tiempo de Cuaresma, en la parroquia de St. Matthwew, en San Antonio (Texas).
[2] Cfr M5, 19.
[3] Cfr Mc 8, 34-38; Lc 9, 23-27.
[4] Cfr Mt 5, 1-12; Lc 6, 20-26.
[5] Cfr Mt 5,43.
[6] Id 18, 21-22.
[7] Cfr Lc 12, 32.
[8] Cfr Mc 14, 38.
[9] Cfr Lc 10, 30-37.
[10] Cfr Mt 10, 32-33.
[11] Id 25, 1-13.
[12] Cfr Col 3, 1-2.
[13] Mt 4, 4; cf. Dt 8, 3; la homilía completa puede encontrarse en: www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/homilies/2009/documents/hf_ben-xvi_hom_20090225_ash-wednesday_sp.html