
De entre todos los personajes que vamos a contemplar durante las próximas semanas al celebrar los misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor hay uno en el que yo quisiera que ésta noche centráramos nuestra atención.
Me refiero a uno de los dos ladrones que son crucificados junto al Señor.
Es san Lucas el único que recoge en su evangelio éste momento. Lc 23, 35-43.
Cuando uno comparte una enfermedad, una tragedia, un momento difícil, ésa misma situación crea una amistad, es decir no hay compañerismo más auténtico ni más fraternal que el de los soldados que luchan en la misma trinchera o el de los que sufren idéntica condena.
Hoy estarás conmigo en el Paraíso —le dice Jesús a aquel hombre. Hoy, esta tarde, a las tres en punto. Espera un poco. Aguanta conmigo este tormento de la Cruz y llegaremos juntos a casa. Allí estarás a salvo para siempre conmigo.
Yo me siento como muy identificado con aquel hombre: era un ladrón, su vida desastrosa había terminado su vida desastrosamente
Es en éste momento en el que podemos ver más claramente aquella frase tan entrañable del mismo Señor en el Apocalipsis: He aquí que hago nuevas todas las cosas[1].
Es decir, con la cruz se inaugura –podríamos decir- una nueva tabla de valores: El ladrón es salvado por el rey, el Señor concede su gloria y su reino a alguien que había vivido y estaba muriendo fuera de la ley.
Asombroso.
¿Cómo fue que aquel hombre tuvo el coraje y el valor de olvidarse de si mismo, de abrir una brecha en medio de sus dolores para descubrir la dignidad de Jesús? Quizá nunca lo sabremos, pero lo podemos adivinar y, sobre todo, lo podemos imitar.
Para este hombre el dolor había sido fecundo.
Este ladrón era un pecador, no un fanático, y mucho menos alguien lleno de soberbia u orgullo.
Su alma seguía estando entera, e incorrupta.
Este hombre supo salirse de su tragedia para examinar, conocer y comprender a Jesús.
No sabemos –porque no nos lo dice el evangelio- si éste hombre sabia algo de Jesús, si lo había conocido antes.
San Marcos y San Mateo dicen en su relato que él también insultaba a Jesús, sin embargo quizá el silencio y la dignidad de Jesús lo sacudieron y lo hicieron reaccionar.
Y viene la súplica maravillosa de aquel hombre: Jesús, acuérdate de mi cuando llegues a tu reino.
No sé qué llama más la atención si la sencillez de sus palabras o la ausencia de ambiciones o la profundidad de su fe.
Santiago y Juan algunos capítulos antes le habían pedido al Señor los primeros puestos en el reino, éste hombre sólo pide un recuerdo.
1192 años después, Santo Tomás de Aquino en uno de sus más famosos himnos –el que compusiera para la fiesta del Corpus Christi- dirigiéndose a nuestro Señor, escribe: En la Cruz se escondía sólo la divinidad, pero aquí también se esconde la humanidad. Creo y confieso ambas cosas, pido lo que pidió el ladrón arrepentido.
Y lo mejor de todo es lo que promete Jesús a aquel hombre. Y lo más importante no es el paraíso sino el conmigo. Es decir, estar con Cristo es ya estar en el paraíso.
Unos minutos después, con la muerte del Señor, la historia da vuelta:
Judas, uno de los doce, se pierde; y Magdalena, pecadora, se salva. El sumo sacerdote, que lleva años examinando a Jesús y su doctrina, no reconoce en él al Hijo de Dios; y el centurión solo con verle morir, descubre todo. Un ladrón muere blasfemando y el otro entra directamente en el paraíso.
La verdad triunfa sobre las apariencias, el corazón importa más que los gestos, una nueva luz ilumina a los hombres.
Y en aquel buen ladrón, de quien desconocemos hasta el nombre, había algo que salva: apertura de corazón, humildad, fe. Más breve: amor ■
Me refiero a uno de los dos ladrones que son crucificados junto al Señor.
Es san Lucas el único que recoge en su evangelio éste momento. Lc 23, 35-43.
Cuando uno comparte una enfermedad, una tragedia, un momento difícil, ésa misma situación crea una amistad, es decir no hay compañerismo más auténtico ni más fraternal que el de los soldados que luchan en la misma trinchera o el de los que sufren idéntica condena.
Hoy estarás conmigo en el Paraíso —le dice Jesús a aquel hombre. Hoy, esta tarde, a las tres en punto. Espera un poco. Aguanta conmigo este tormento de la Cruz y llegaremos juntos a casa. Allí estarás a salvo para siempre conmigo.
Yo me siento como muy identificado con aquel hombre: era un ladrón, su vida desastrosa había terminado su vida desastrosamente
Es en éste momento en el que podemos ver más claramente aquella frase tan entrañable del mismo Señor en el Apocalipsis: He aquí que hago nuevas todas las cosas[1].
Es decir, con la cruz se inaugura –podríamos decir- una nueva tabla de valores: El ladrón es salvado por el rey, el Señor concede su gloria y su reino a alguien que había vivido y estaba muriendo fuera de la ley.
Asombroso.
¿Cómo fue que aquel hombre tuvo el coraje y el valor de olvidarse de si mismo, de abrir una brecha en medio de sus dolores para descubrir la dignidad de Jesús? Quizá nunca lo sabremos, pero lo podemos adivinar y, sobre todo, lo podemos imitar.
Para este hombre el dolor había sido fecundo.
Este ladrón era un pecador, no un fanático, y mucho menos alguien lleno de soberbia u orgullo.
Su alma seguía estando entera, e incorrupta.
Este hombre supo salirse de su tragedia para examinar, conocer y comprender a Jesús.
No sabemos –porque no nos lo dice el evangelio- si éste hombre sabia algo de Jesús, si lo había conocido antes.
San Marcos y San Mateo dicen en su relato que él también insultaba a Jesús, sin embargo quizá el silencio y la dignidad de Jesús lo sacudieron y lo hicieron reaccionar.
Y viene la súplica maravillosa de aquel hombre: Jesús, acuérdate de mi cuando llegues a tu reino.
No sé qué llama más la atención si la sencillez de sus palabras o la ausencia de ambiciones o la profundidad de su fe.
Santiago y Juan algunos capítulos antes le habían pedido al Señor los primeros puestos en el reino, éste hombre sólo pide un recuerdo.
1192 años después, Santo Tomás de Aquino en uno de sus más famosos himnos –el que compusiera para la fiesta del Corpus Christi- dirigiéndose a nuestro Señor, escribe: En la Cruz se escondía sólo la divinidad, pero aquí también se esconde la humanidad. Creo y confieso ambas cosas, pido lo que pidió el ladrón arrepentido.
Y lo mejor de todo es lo que promete Jesús a aquel hombre. Y lo más importante no es el paraíso sino el conmigo. Es decir, estar con Cristo es ya estar en el paraíso.
Unos minutos después, con la muerte del Señor, la historia da vuelta:
Judas, uno de los doce, se pierde; y Magdalena, pecadora, se salva. El sumo sacerdote, que lleva años examinando a Jesús y su doctrina, no reconoce en él al Hijo de Dios; y el centurión solo con verle morir, descubre todo. Un ladrón muere blasfemando y el otro entra directamente en el paraíso.
La verdad triunfa sobre las apariencias, el corazón importa más que los gestos, una nueva luz ilumina a los hombres.
Y en aquel buen ladrón, de quien desconocemos hasta el nombre, había algo que salva: apertura de corazón, humildad, fe. Más breve: amor ■


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