12 feb 2009

El evangelio de la liturgia de hoy la liturgia es el que nos ayuda a hacer nuestro rato de oración delante de nuestro Señor Sacramentado[1].

El hecho, con unas pequeñas variantes, también lo cuenta San Mateo en su evangelio[2].

El texto es de una belleza incomparable: aquella mujer, que NO tenía la fe del pueblo judío, es decir, que NO esperaba la llegada de un Mesías, le llama Señor a Jesús, es decir, reconoce en Jesús algo grande, e incluso poderoso pues le pide que sane a su hija.

Todo esto nos lleva a pensar, nos ayuda a reflexionar sobre el hecho de que Dios está abierto a TODOS, a absolutamente todos, y que su salvación –el hecho de la redención- está abierta para aquellos incluso que han nacido lejos de la fe cristiana.

“Ah! ¿entonces todos se pueden salvar?” Sí. Todo hombre o mujer que sigue su conciencia y que hace el bien y evita el mal, alcanza la salvación.

“¿Entonces todas las religiones son iguales?” No. Sin embargo todas tienen lo que se ha llamado semillas de Verdad, y pueden preparar o conducir hacia la Verdad.

“Nah! Una de las tragedias más grandes de la humanidad es que cada uno dice que su religión es la verdadera. Por eso estamos todos divididos”.

Ciertamente es una tragedia. Y ciertamente estamos divididos. Es una pena que todos nos sintamos en posesión de la Verdad, pero la Verdad es Una.

Lo que importa es que los que estamos aquí hemos nacido en el seno de una familia católica y dentro de la Iglesia católica es donde nosotros concretamente encontramos el camino para salvarnos.

¿Salva entonces la Iglesia? Noup. La salvación nos viene por Jesucristo.

Como ya hemos dicho otras muchas veces, la Iglesia es el lugar que conserva las enseñanzas y los mandatos del Señor y nos los transmite; nos da los medios para conocer mejor la vida y obra del Señor.

“¡Pero la Iglesia los ha ensuciado!” es verdad. Ha cometido miles de errores, sin embargo ha sobrevivido y no se ha hundido. La barca de Pedro sigue bregando.

El Cardenal de Lubac, un hombre muy interesante en la época del Concilio Vaticano II escribió sobre la Iglesia algo que quisiera leer ésta noche delante del Señor:

«Esta Patria de la Libertad [...] se nos ha manifestado en su majestad real y en su esplendor celestial en la entraña misma de nuestra realidad terrena, en el seno de las oscuridades y de las torpezas que comporta inevitablemente la misión que realiza entre los hombres.

»La hemos amado con un amor creciente tal como es, no sólo en su constitución ideal, sino tal como se nos manifiesta a lo largo de su historia y, más especialmente, tal como se nos muestra en nuestros mismos días.

»Nos ha robado el corazón. Y por eso mismo, ya que «el corazón habla al corazón», abrigamos la esperanza de que también otros [...] podrán encontrar una ayuda en aquello mismo que tanto nos ayudó»[3]

“¿Importa entonces Jesucristo o la Iglesia, padre?”

Importan los dos. Jesucristo como Señor del universo, como juez único de la historia, como Segunda persona de la Santísima Trinidad hecha carne como la de nosotros, y la Iglesia, como su esposa, como la transmisora de sus enseñanzas y mandatos.

“¿Dónde debo poner mi fe entonces?” En lo que profesamos todos los domingos: Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso...

Sirve mucho detenernos en el Credo y pensar qué es lo que estamos diciendo. El Credo es como la columna vertebral de nuestra fe, de nuestras creencias, ahí se resume todo.

Y ¡ojo! En el credo no se menciona ni a los sacerdotes, ni a los obispos, ni a los papas… no es en estas personas concretas en quien debe estar puesta nuestra fe.

“¡la Jerarquía de la Iglesia está corrompida. Todos son traidores y vendidos”. Veamos.

¿Se vale juzgar a todos por los errores de unos cuantos? Si tu respuesta fuese afirmativa, entonces nadie, absolutamente nadie, estaríamos a salvo: si gran parte de la droga viene de Colombia, entonces todos los colombianos son unos narcotraficantes; si en México cada persona lee aproximadamente un libro y medio por año, entonces todos los mexicanos somos unos incultos analfabetas; si Israel ataca la Franja de Gaza, entonces todos los judíos son unos asesinos; si Hamas lanza bombas contra blancos civiles judíos, entonces todos los palestinos son terroristas…
¿Nos damos cuenta del peligro de las generalizaciones? Evidentemente ni todos los colombianos son narcotraficantes, ni todos los mexicanos somos analfabetas, ni todos los judíos son asesinos, ni todos los palestinos son terroristas…

En el fondo de todo esto está lo más importante. bueno, en el fondo y en la superficie y en todo: la fe sólo se sostiene cuando está puesta en Jesucristo ■

[1] Mc 7, 24.
[2] Crr Mt 15, 21.28.
[3] H. de Lubac, Meditación sobre la Iglesia, Bilbao 1961, pp. 7-8.