30 abr 2009

Hora Santa 30.IV.2009

Poco a poco van pasando los alegres días del tiempo pascual, siete semanas –cincuenta días, es decir una semana de semanas- para prepararnos para solemne fiesta de Pentecostés: la venida del Espíritu Santo .

En la noche del jueves Santo –que san Juan recoge en el capitulo 13 de su evangelio- el Señor habla de algo sobre lo que hemos de volver una y otra vez. Algo sobre lo que nunca meditaremos lo suficiente. Les da, a aquellos que lo escuchan y en ellos a nosotros, el Mandamiento nuevo:

Hijitos –dice el Señor- estaré con vosotros un poco más de tiempo. Me buscaréis, y como dije a los judíos, ahora también os digo a vosotros: adonde yo voy, vosotros no podéis ir. Un mandamiento nuevo os doy: que os améis los unos a los otros; que como yo os he amado, así también os améis los unos a los otros[1].

Quizá esas palabras de Jesús al haberlas escuchado tantas veces ya no tienen tanta fuerza en nuestros oídos o en nuestro corazón, quizá nos parecen incluso aburridas o tediosas. En la predicación de la Iglesia se nos insiste tanto en eso del amor de los unos por los otros que la idea posiblemente pasa ya sobre nuestra alma como pasa el agua sobre las piedras de los río: sin empapar su interior.

Es momento de renovar la atención, de volver a oírlos como si fuera la primera vez.

Cada uno podemos pensar: «bueno, bueno, ya bastante hago con no quejarme y aguantar, como para que encime ame a todos». Y es que justamente por eso Jesús habla de un mandamiento nuevo: porque hay que querer a todos, y comprender a todos y con todos tener una palabra de cariño. Es una auténtica novedad.

¿Y cómo hacer práctico, tangible ese amor de los unos por los otros? Hay tantas formas como personas sobre la tierra. Una manera práctica, efectiva y concreta de amar es, por ejemplo, escuchar con paciencia y con atención.

Así: tal cual: escuchar con paciencia y con atención.

Reconozcámoslo: no escuchamos. No sabemos escuchar. O, para ser exactos, no escuchamos más que la televisión. ¿Tal vez porque nadie nos ha enseñado a escuchar? ¿Quizá por que el arte de oír es mucho más difícil que el de hablar?

Zenón de Elea, un sabio griego, decía hace dos mil años que tenemos dos oídos y una boca porque oír es el doble de necesario y dos veces más difícil que hablar... ¡qué razón tenía![2]

[Y es que] para escuchar hacen falta muchas cosas: tener el alma despierta –no dormida, ni aletargada por el pecado-, abrirla para recibir al que, a través de sus palabras, quiere entrar en nosotros; ponernos en su situación y comprenderlo.

Y sobre todo olvidarnos de nosotros mismos y de nuestros propios pensamientos para preocuparnos por la persona y los pensamientos del prójimo ¡todo un arte! ¡Todo un apasionado ejercicio de la caridad! Y una forma muy práctica de amar a los demás.

Perdamos ese terrible miedo que tenemos a gastar nuestra vida, nuestro tiempo, nuestro espacio escuchando a los demás. Quizá por eso –porque somos egoístas y el egoísmo es el cáncer del amor- hay tantas personas solitarias que andan por ahí, vagando, con el alma llena de recuerdos o basuras que desearían soltar y que no saben dónde.

Escuchemos.

Justo por ése saber escucharnos pacientemente los unos a los otros, sabremos reconocernos como auténticos cristianos, sabremos que estamos actuando conforme al evangelio. Es una especie de prueba de fuego, de prueba de calidad, de ISO 9000 de nuestra fe cristiana[3].

Una señal de que hemos hecho vida en nuestra vida el Mandamiento nuevo que Jesús nos dejó la última noche que pasó entre nosotros.

Vamos a seguir preparándonos para celebrar la enorme fiesta de Pentecostés. Vamos a prepararnos por dentro y por fuera. Vamos a pedirle a nuestro Señor que nos ayude a recibir su Espíritu, y con Él, con la vida de la gracia y la protección del Padre, demos un gran testimonio de la fe que vivimos ■

[1] Jn 13, 33-34.
[2] Zenón de Elea (en griego Ζήνων ο Ελεάτης) fue un filósofo eleata griego nacido en Elea (¿490-430? adC). Al igual que Meliso de Samos, reforzó y argumentó a favor de la filosofía parmenidea, es conocido por sus paradojas, que en su época eran aporéticas, como las que niegan la existencia del movimiento o la pluralidad del ser. Zenón trató de probar que el ser tiene que ser homogéneo, único y, en consecuencia, que el espacio no está formado por elementos discontinuos sino que el cosmos o universo entero es una única unidad.
[3] La familia de normas ISO 9000 son normas de "calidad" y "gestión continua de calidad", establecidas por la Organización Internacional para la Estandarización (ISO) que se pueden aplicar en cualquier tipo de organización o actividad sistemática, que esté orientada a la producción de bienes o servicios. Se componen de estándares y guías relacionados con sistemas de gestión y de herramientas específicas como los métodos de auditoria (el proceso de verificar que los sistemas de gestión cumplen con el estándar).

14 abr 2009

Hora Santa 16.IV.2009

El próximo domingo, además de celebrar el II domingo del tiempo de Pascua se celebra también un importante aniversario en la Iglesia: se cumplen cuatro años desde que su santidad Benedicto XVI fue elegido como sucesor de San Pedro.

Pensando en esto y buscando algún texto para hacer nuestra oración delante de nuestro Señor Sacramentado, me encontré con algo escrito hace ya varios años por el entonces Joseph Ratzinger[1].

«Podemos pensar en la iglesia católica comparándola con la luna: por la relación luna-mujer (madre) y por el hecho de que la luna no tiene luz propia, sino que la recibe del sol sin el cual sería oscuridad completa. La luna resplandece, pero su luz no es suya sino de otro. La sonda lunar y los astronautas descubrieron que la luna es solo una estepa rocosa y desértica, como montañas y arena, vieron una realidad distinta a la de la antigüedad: no como luz. Y efectivamente la luna es en sí y por sí misma lo desierto, arena y rocas. Sin embargo, es también luz y como tal permanece incluso en la época de los vuelos espaciales.

»¿No es ésta una imagen exacta de la Iglesia? Quien la explora y la excava con la sonda, como la luna, descubrirá solamente desierto, arena y piedras, las debilidades del hombre y su historia a través del polvo, los desiertos y las montañas. El hecho decisivo es que ella, aunque es solamente arena y rocas, es también luz en virtud de otro, del Señor.

»Yo estoy en la iglesia –dice Joseph Ratzinger- porque creo que hoy como ayer e independientemente de nosotros, detrás de nuestra iglesia vive su iglesia y no puedo estar cerca de Él si no es permaneciendo en su iglesia. Yo estoy en la Iglesia porque a pesar de todo creo que no es en el fondo nuestra sino suya.

»La Iglesia es la que, no obstante todas las debilidades humanas existentes en ella, nos da a Jesucristo; solamente por medio de ella puedo yo recibirlo como una realidad viva y poderosa, aquí y ahora. Sin la Iglesia, Cristo se evapora, se desmenuza, se anula. ¿Y qué sería la humanidad privada de Cristo?

»Si yo estoy en la Iglesia es por las mismas razones porque soy cristiano. No se puede creer en solitario. La fe es posible en comunión con otros creyentes. La fe por su misma naturaleza es fuerza que une. Esta fe o es eclesial o no es tal fe. Además así como no se puede creer en solitario, sino sólo en comunión con otros, tampoco se puede tener fe por iniciativa propia o invención.

»Yo permanezco en la Iglesia porque creo que la fe, realizable solamente en ella y nunca contra ella, es una verdadera necesidad para el hombre y para el mundo.

»Yo permanezco en la Iglesia porque solamente la fe de la iglesia salva al hombre.

»El gran ideal de nuestra generación es uno, sociedad libre de la tiranía, del dolor y de la injusticia. En este mundo el dolor no se deriva sólo de la desigualdad en las riquezas y en el poder. Se nos quiere hacer creer que se puede llegar a ser hombres sin el dominio de sí, sin la paciencia de la renuncia y la fatiga de la superación, que no es necesario el sacrificio de mantener los compromisos aceptados, ni el esfuerzo para sufrir con paciencia la tensión de lo que se debería ser y lo que efectivamente se es.

»En realidad el hombre no es salvado sino a través de la cruz y la aceptación de los propios sufrimientos y de los sufrimientos mundo, que encuentran su sentido liberador en la pasión de Dios. Solamente así el hombre llegará a ser libre. Todas las demás ofertas a mejor precio están destinadas al fracaso.

»El amor no es estático ni carente de crítica. La única posibilidad que tenemos de cambiar en sentido positivo a un hombre es la de amarlo, trasformándolo lentamente de lo que es en lo que puede ser. ¿Sucedería de distinto modo en la Iglesia?


Vienen muchas preguntas a la mente. Muchas ideas para el examen de conciencia en éste rato de oración delante del Señor.

Vamos a pedirle su luz y su gracia; vamos a pedirle que nos haga valientes, tanto como él y sus apóstoles lo fueron. Y pidamos especialmente por la persona y las intenciones del Santo Padre

V. Oremos por el Soberano Pontífice Benedicto XVI
R. El Señor le conserve y le llene de vida, y le haga bienaventurado en la tierra, y no le deje caer en manos de sus enemigos. Amén[2]


[1] Joseph Ratzinger, ¿Por qué pertenezco a la Iglesia? Conferencia-Testimonio, Alemania (1971)
[2] V. Oremos pro Beatíssimo Papa nostro N.
R. Dóminus conservet eum et vivícet eum, et beatum faciat eum in terra, et non tradat eum in ániman inimicórum eius.

9 abr 2009


Vía Crucis*

Señor Jesucristo (…) ayúdame para que mi Vía crucis sea algo más que un momentáneo sentimiento de devoción. Ayúdanos a acompañarte no sólo con nobles pensamientos, sino a recorrer tu camino con el corazón, más aún, con los pasos concretos de nuestra vida cotidiana. Que nos encaminemos con todo nuestro ser por la vía de la cruz y sigamos siempre tus huellas.

Líbranos del temor a la cruz, del miedo a las burlas de los demás, del miedo a que se nos pueda escapar nuestra vida si no aprovechamos con afán todo lo que nos ofrece. Ayúdanos a desenmascarar las tentaciones que prometen vida, pero cuyos resultados, al final, sólo nos dejan vacíos y frustrados. Que en vez de querer apoderarnos de la vida, la entreguemos.

Ayúdanos, al acompañarte en este itinerario del grano de trigo, a encontrar, en el «perder la vida», la vía del amor, la vía que verdaderamente nos da la vida, y vida en abundancia (Jn 10, 10).

I. Jesús es condenado a muerte

El Juez del mundo, que un día volverá a juzgarnos, está allí, humillado, deshonrado e indefenso delante del juez terreno. Pilato no es un monstruo de maldad. Sabe que este condenado es inocente; busca el modo de liberarlo. Pero su corazón está dividido. Y al final prefiere su posición personal, su propio interés, al derecho.

II. Jesús carga con la cruz

El precio de la justicia es el sufrimiento en este mundo: él, el verdadero rey, no reina por medio de la violencia, sino a través del amor que sufre por nosotros y con nosotros. Lleva sobre sí la cruz, nuestra cruz, el peso de ser hombres, el peso del mundo. Así es como nos precede y nos muestra cómo encontrar el camino para la vida eterna.

III. Jesús cae por primera vez

La humillación de Jesús es la superación de nuestra soberbia: con su humillación nos ensalza. Dejemos que nos ensalce. Despojémonos de nuestra autosuficiencia, de nuestro engañoso afán de autonomía y aprendamos de él, del que se ha humillado, a encontrar nuestra verdadera grandeza, humillándonos y dirigiéndonos hacia Dios y los hermanos oprimidos.

IV. Jesús encuentra a su Madre

En el Vía crucis de Jesús está también María, su Madre (…) En su corazón habrá guardado siempre la palabra que el ángel le había dicho cuando todo comenzó: «No temas, María» (Lc 1, 30). Los discípulos han huido, ella no. Está allí, con el valor de la madre, con la fidelidad de la madre, con la bondad de la madre, y con su fe, que resiste en la oscuridad.

V. El Cireneo ayuda a Jesús a llevar la cruz

El misterio de Jesús sufriente y mudo llega al corazón de Simón de Cirene. Jesús, cuyo amor divino es lo único que podía y puede redimir a toda la humanidad, quiere que compartamos su cruz para completar lo que aún falta a sus padecimientos (Col 1, 24).

VI. La Verónica limpia el rostro de Jesús

Aquella mujer (…) no se deja contagiar ni por la brutalidad de los soldados, ni inmovilizar por el miedo de los discípulos. Es la imagen de la mujer buena que, en la turbación y en la oscuridad del corazón, mantiene el brío de la bondad, sin permitir que su corazón se oscurezca. «Bienaventurados los limpios de corazón –había dicho el Señor en el Sermón de la montaña–, porque verán a Dios» (Mt 5, 8).

VII. Jesús cae por segunda vez

El hombre está sumido en la tierra. El Señor lleva este peso y cae y cae, para poder venir a nuestro encuentro; él nos mira para que despierte nuestro corazón; cae para levantarnos.

VIII. Jesús consuela a las mujeres

De nada sirve compadecer con palabras y sentimientos los sufrimientos de este mundo, si nuestra vida continúa como siempre. Por esto el Señor nos advierte del riesgo que corremos nosotros mismos. Nos muestra la gravedad del pecado y la seriedad del juicio. No obstante todas nuestras palabras de preocupación por el mal y los sufrimientos de los inocentes, ¿no estamos tal vez demasiado inclinados a dar escasa importancia al misterio del mal?

IX. Jesús cae por tercera vez

¿Qué puede decirnos la tercera caída de Jesús bajo el peso de la cruz? Quizás nos hace pensar en la caída de los hombres, en que muchos se alejan de Cristo, en la tendencia a un secularismo sin Dios. Pero, ¿no deberíamos pensar también en lo que debe sufrir Cristo en su propia Iglesia? (…) ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia! ¡Qué poco respetamos el sacramento de la Reconciliación, en el cual él nos espera para levantarnos de nuestras caídas! También esto está presente en su pasión.

X. Jesús es despojado de sus vestiduras

Jesús despojado nos recuerda que todos nosotros hemos perdido la «primera vestidura» y, por tanto, el esplendor de Dios.

XI. Jesús es clavado en la cruz

Tratemos de descubrir en el rostro del Señor aquellos que tendemos a despreciar, y dejémonos clavar a él, no cediendo a ninguna tentación de apartarnos, ni a las burlas que nos inducen a darle la espalda.

XII. Jesús muere en la cruz

Ahora ha sido realmente «ensalzado». En su descendimiento, ascendió. Ahora ha cumplido radicalmente el mandamiento del amor, ha cumplido el ofrecimiento de sí mismo y, de este modo, manifiesta al verdadero Dios, al Dios que es amor. Ahora sabemos que es Dios. Sabemos cómo es la verdadera realeza.

El mundo se oscurece cuando el Hijo de Dios padece la muerte. La tierra tiembla. Y junto a la cruz nace la Iglesia. El centurión romano reconoce y entiende que Jesús es el Hijo de Dios. Desde la cruz, él triunfa siempre de nuevo.

XIII. Jesús es bajado de la cruz*

Jesús está muerto, de su corazón traspasado por la lanza del soldado romano mana sangre y agua: misteriosa imagen del caudal de los sacramentos, del Bautismo y de la Eucaristía, de los cuales, por la fuerza del corazón traspasado del Señor, renace siempre la Iglesia.

También en la noche de la muerte, el Señor muerto sigue siendo nuestro Señor y Salvador. La Iglesia de Jesucristo, su nueva familia, comienza a formarse.

XIV. Jesús es sepultado

Del grano de trigo enterrado comienza la gran multiplicación del pan que dura hasta el fin de los tiempos: él es el pan de vida capaz de saciar sobreabundantemente a toda la humanidad y de darle el sustento vital: el Verbo de Dios, que es carne y también pan para nosotros, a través de la cruz y la resurrección. Sobre el sepulcro de Jesús resplandece el misterio de la Eucaristía ■

* Escrito por el Cardenal Joseph Ratzinger, actual Benedicto XVI. El texto puede encontrarse en http://www.conelpapa.com/viacrucis/index.htm
* Aquí se le coloca Jesús a Maria en su regazo y Marce empieza a cantar El Diario de Maria

1 abr 2009

«Después de esto , sabiendo Jesús que todas las cosas eran ya cumplidas, para que la Escritura se cumpliese, dijo: Sed tengo. 29 Y estaba allí un vaso lleno de vinagre; entonces ellos mojaron una esponja de vinagre, y rodeada a un hisopo, se la llegaron a la boca. 30 Cuando Jesús tomó el vinagre, dijo: Consumado es. Y habiendo inclinado la cabeza, dio el Espíritu. 31 Entonces los Judíos, para que los cuerpos no quedasen en el madero en el sábado, porque era la víspera de la Pascua , pues era el gran día del sábado, rogaron a Pilato que se les quebrasen las piernas, y fuesen quitados. 32 Y vinieron los soldados, y a la verdad quebraron las piernas al primero, y al otro que había sido colgado de un madero con él. 33 Mas cuando vinieron a Jesús, como le vieron ya muerto, no le quebraron las piernas; 34 pero uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y luego salió sangre y agua. 35 Y el que lo vio, da testimonio, y su testimonio es verdadero; y él sabe que dice verdad, para que vosotros también creáis. 36 Porque estas cosas fueron hechas para que se cumpliese la Escritura: Hueso no quebrantaréis de él. 37 Y también otra Escritura dice: Verán a aquel al cual traspasaron».

Se entregó por Su Esposa (Hora Santa 2.4.2009)

Siempre que la Iglesia primitiva reflexionaba sobre éste pasaje del evangelio que acabamos de escuchar se quedaba como llena de luz. Uno de los más grandes predicadores de aquella época –San Juan Crisóstomo- escribe:

«No pases demasiado deprisa sobre este misterio porque quiero exponerte una interpretación mística. Esa sangre y esa agua son símbolos del Bautismo y de la Eucaristía, donde se engendra la Iglesia. Porque del costado de Cristo se formó la Iglesia, como del costado de Adán se formó Eva. Y de la misma manera que sacó del costado a Eva mientras Adán dormía, así ahora, mientras Jesucristo duerme, Dios saca de su costado a su Esposa»[1].

San Agustín lo comenta de una manera muy similar:

«La primera mujer fue formada del costado del hombre mientras éste dormía, y fue llamada vida y madre de los que viven. Aquí el segundo Adán, inclinando la cabeza, se duerme en la cruz para que así, con el agua y la sangre que brotaron de su costado, quedase formada su Esposa»[2].

Durante los próximos días la iglesia celebra con pena y tristeza la muerte del Señor y al mismo tiempo con una profunda alegría la victoria del león de la tribu de Judá[3].

Toda la liturgia del Viernes Santo –es decir, la adoración de la Cruz- es un canto nupcial.
Yo quisiera que ésta noche en nuestro rato de oración centrásemos la atención en ésta idea: la adoración de la cruz y el recuerdo litúrgico de la muerte del Señor es un canto nupcial.

San Pablo, en ése bellísimo texto de la carta a los Efesios lo explicas infinitamente mejor:

Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra, y presentársela resplandeciente a si mismo; sin que tenga mancha ni arruga (…) sino que sea santa e inmaculada[4].

Cristo amó a su Iglesia y se entregó a sí mismo por ella... ésta frase queda como resonando en el aire: Cristo amó a su Iglesia: ¿Y tú? ¿Amas tú a la Iglesia?

«No puede tener por Padre a Dios —decía san Cipriano— quien no tiene por madre a la Iglesia»[5].

Tener por madre a la Iglesia no es solamente haber sido bautizados, sino también apreciarla, respetarla, amarla como madre, sentirse solidarios con ella en el bien y en el mal.

Con la Iglesia para lo mismo que con las vidrieras [o vitrales] de una antigua catedral. Vistas desde la calle no serán más que trozos de vidrio oscuros unidos por tiras de plomo negro; pero si se atraviesa el umbral y se las mira desde dentro, a contraluz, entonces se verá un grandioso espectáculo de colores y de figuras.

Lo mismo ocurre con la Iglesia. El que la mira desde fuera, con los ojos del mundo, no ve más que lados oscuros y miserias; pero el que la mira desde dentro, con los ojos de la fe y sintiéndose parte de ella verá algo espectacular.

¿Y las incoherencias de la Iglesia? ¿Y los escándalos, incluso por parte de algunos papas, obispos y sacerdotes?

El Señor, como buen carpintero que había llegado a ser bajo la enseñanza de José, recogió los trocitos de madera en peor estado que encontró y con ellos se construyó una barca que resiste a la mar ¡desde hace dos mil años!

Se habla con mucha frecuencia de los pecados de la Iglesia ¡ah tan escandalosos! ¿Crees que Jesús no los conoce mejor que nosotros? ¿Acaso no sabía él por quién moría? ¿No sabia lo que iba a pasar con la Iglesia que dejaba en manos de sus apóstoles que mientras él oraba ellos dormían?[6] Sin embargo amó a esta Iglesia real y concreta, no a una imaginaria e ideal, y murió y derramó toda su sangre para hacerla santa e inmaculada.

Jesucristo amó a la Iglesia, digamos, en esperanza: no sólo por lo que es, sino también por lo que será, es decir la Jerusalén celestial arreglada como una novia que se adorna para su esposo[7].

¿Por qué entonces ésta Iglesia nuestra es pobre y lenta? Primo Mazzolari, que no era por cierto un hombre acostumbrado a lisonjear a la Iglesia institucional, escribió:

«Señor, yo soy tu carne enferma; te peso cual cruz pesada. Para no dejarme caer, te cargas también con mi fardo y caminas como puedes. Y entre aquellos con los que vas cargado, hay algunos que te culpan de no caminar según las reglas y acusan también de lentitud a tu Iglesia, olvidando que, cargada como va de escorias humanas que ni puede ni quiere echar por la borda (¡son sus hijos!), vale más el llevarlos que el llegar a puerto»[8].

La Iglesia camina lenta, si. Camina lenta en la evangelización. Camina lenta en la respuesta a los signos de los tiempos. Camina lenta en la defensa de los pobres y en tantas y tantas otras cosas. ¿Por qué? Porque nos lleva a hombros a nosotros, que aún estamos llenos de todo el lastre del pecado.

A uno de los Reformadores que le echaba en cara el que siguiese en la Iglesia católica a pesar de su corrupción, Erasmo de Rotterdam le contestó un día: «Soporto a esta Iglesia, con la esperanza de que se haga mejor, dado que ella se ve obligada a soportarme a mí, con la esperanza de que yo me haga mejor»[9].

Hemos de pedir todos perdón a Cristo por tantos juicios desconsiderados y por tantas ofensas como hemos infligido a su esposa, y, en consecuencia, a él mismo, y hemos de imponernos todos sin tardanza una manera nueva de hablar, más respetuosa, más consciente, más profunda de quién es la Iglesia[10].

En el libro de Jeremías leemos este misterioso oráculo: El Señor crea algo nuevo en el país: será la mujer quien abrace al varón[11]. Hasta el día de hoy —quiere decir el profeta—, ha sido el esposo, Dios, quien ha buscado y perseguido a la mujer infiel que se iba tras los ídolos. Pero llegará un día en que ya no ocurrirá eso. Al contrario, será la propia mujer, la comunidad de la alianza, la que busque a su esposo y le abrace con fuerza.

Ese día ya ha llegado. Ahora todo está cumplido. No porque la humanidad se haya vuelto de repente cuerda y fiel, no; sino porque el Verbo la ha asumido y la ha unido a sí, en su misma persona, en una alianza nueva y eterna. Toda la liturgia del Viernes Santo expresa el cumplimiento de aquel oráculo. Eso comenzó en el Calvario, con María apretando entre sus manos y besando el rostro de su Hijo bajado de la cruz, y continúa ahora en la Iglesia, de la que la Virgen era, en eso, figura y primicia.

La Iglesia, que, con el sucesor de Pedro a la cabeza, desfilará ahora para besar el Crucifijo, es aquella mujer que abraza al varón[12], rebosante de gratitud y de emoción. Que dice, con la esposa del Cantar de los Cantares: He encontrado al amor de mi alma; lo agarré y ya no lo soltaré[13]

[1] San Juan Cristóstomo, Catequesis bautismales, 7, 17-18.
[2] San Agustín, Tratados sobre el evangelio de san Juan, 120, 2.
[3] Cfr Ap 5,5
[4] Ef 5,25-32
[5] La unidad de la Iglesia, 6
[6] Cfr Lc 22, 45.
[7] Ap 21,2
[8] Sacerdote italiano, nacido en Boschetto en 1959. Es destacado en su país, Italia, por su férrea oposición al fascismo y al comunismo, fue Párroco de Crémona (1945-1959), escribió muchos libros de apologética y algunos referentes a la Doctrina Social de la Iglesia,
[9] Conocido como Desiderius Erasmus Rotterdamus, nació en Geert Geertsen en 1466/69 ; fue un humanista, filósofo, filólogo y teólogo neerlandés, autor de importantes obras en latín.
[10] «Como soy uno de ellos —escribía Saint-Exupéry acerca de su patria terrena, en un momento oscuro de su historia—, no renegaré de los míos, hagan lo que hagan. No predicaré contra ellos delante de extraños. Si puedo salir en su defensa, los defenderé. Si me cubren de vergüenza, esconderé esa vergüenza en mi corazón y guardaré silencio. Y piense lo que piense entonces de ellos, nunca haré de testigo en su contra. Ningún marido va de casa en casa diciendo a los vecinos que su mujer es una zorra: ¡bonita manera de salvar su honor! Como su esposa es alguien de su casa, no puede sacar pecho en público contra ella; sino que, una vez en su casa, dará rienda suelta a su cólera» Piloto de guerra, n. 24.
[11] Jr 31,22
[12] Ídem
[13] Ct 3,4